Hay una fotografía que tengo puesta en varios sitios: Tokio, tumbado en la cama, con esa mirada que tenía cuando estaba tranquilo del todo. Es una de esas fotografías que, aunque haya visto cientos de veces, todavía hoy me atraviesan. Hace un año que se fue y sigo sin poder mirarla sin que algo dentro de mí se remueva. Supongo que eso también forma parte del duelo por la muerte de un perro: que una fotografía te lleve a él.
Y es curioso, porque con Tokio lo supe desde el principio. Tenía dos meses cuando lo tuve por primera vez en el regazo y pensé: es él. Supe, sin saber muy bien cómo explicarlo, que aquel cachorro que cabía entre mis manos era para mí. Y yo para él. No fue una decisión razonada ni una elección meditada; fue una certeza que llegó sin pedir permiso. Y quince años después sigo pensando en lo extraordinario que es que una certeza tan pequeña, la de un cachorro de dos meses entre tus brazos, pueda acabar convirtiéndose en una parte tan enorme de tu vida.
Sigo encontrándolo en gestos que ya no están: en las pelotas que se convertían en su ancla en cuanto yo cruzaba la puerta, en aquellas siestas que nos hacían tanta ilusión a los dos, en cómo venía nadando detrás de mí en el mar, llorando, porque estaba convencido de que me estaba ahogando. Antes aquellas siestas eran de Vilma; después fueron nuestras, de Tokio y mías, durante catorce años. Y cuando alguien forma parte de tu vida cotidiana durante tanto tiempo, su ausencia no consiste solamente en echar de menos a un animal. Es echar de menos una presencia, unos sonidos, unos rituales, una mirada, una manera de acompañarte por la vida. Un vínculo.
Por qué esto no es “exagerar”
Como psicóloga, sé que hay una frase que se dice mucho y que puede hacer muchísimo daño: “era solo un perro”. No. No era solo un perro. Y la ciencia, por suerte, lleva tiempo demostrando que la intensidad del duelo no depende de la especie de quien hemos perdido.
Un estudio reciente de la Universidad de Maynooth, en Irlanda, liderado por el psicólogo Philip Hyland y publicado en PLOS One en 2026, analizó los síntomas de Trastorno de Duelo Prolongado en personas que habían perdido tanto a una mascota como a un familiar. Los resultados mostraron que la estructura y la intensidad de esos síntomas eran muy similares en ambos tipos de pérdida y, entre quienes habían vivido las dos experiencias, un 21 % señaló la pérdida de su mascota como la más difícil de las dos.
Pero quizá la diferencia no esté tanto en lo que sentimos como en el permiso social que recibimos para expresarlo. Cuando muere una persona, sabemos qué hacer: hay funerales, llamadas, abrazos, personas que vuelven a preguntarte cómo estás semanas después y un reconocimiento colectivo de que aquello que ha ocurrido merece tiempo. Cuando duelo por un perro, muchas veces hay un “lo siento mucho” y, al día siguiente, se espera que vuelvas a tu vida como si nada hubiera pasado.
A eso se le llama duelo desautorizado: un dolor real al que el entorno no siempre concede el reconocimiento, el espacio o el tiempo que necesita. Y quizá por eso, además del dolor de la pérdida, muchas personas tienen que enfrentarse a algo más: a la sensación de que están exagerando, de que deberían estar mejor, de que resulta extraño seguir llorando por un animal meses o años después.
Lo que hace que el vínculo sea tan fuerte
Hay algo más que la ciencia ha ido documentando y que ayuda a entender por qué el vínculo con un perro puede llegar tan hondo. La convivencia y la interacción con ellos favorecen procesos de vinculación y liberación de oxitocina que también participan en relaciones de apego muy estrechas. Pero más allá de la biología, hay algo mucho más sencillo: un perro está contigo todos los días.
Está en tus rutinas, en tus momentos buenos y en los malos, cuando llegas a casa, cuando te levantas, cuando te sientas en el sofá, cuando sales a caminar. Aprende tus horarios, tus gestos, tus estados de ánimo. Y tú aprendes los suyos. Con el tiempo se convierte en una presencia tan integrada en tu vida que casi dejas de percibir que está ahí hasta que un día deja de estarlo.
Y entonces descubres cuánto espacio ocupaba.
Con Tokio, además, había algo que para mí resulta difícil explicar con palabras: una conexión que no necesitaba explicación. Fue calma cuando había ruido, risa cuando había miedo y hogar allí donde estuviéramos. Fue confianza, transparencia, ternura y una forma de amor que no necesitaba demasiadas condiciones. Por eso su ausencia pesa tanto. No porque fuera “solo un perro”, sino precisamente porque era alguien con quien había construido catorce años de vida compartida.
Lo que estoy aprendiendo
No pasa un solo día sin que piense en él. Varias veces, de hecho. Hay lugares a los que llego y lo primero que imagino es cuánto habría disfrutado allí, cómo habría corrido, cómo habría nadado, qué cara habría puesto, cómo me habría mirado, cómo habría sido verlo feliz en ese sitio. Hay recuerdos que aparecen sin avisar y fotografías que todavía me hacen llorar. Y cada vez entiendo un poco más que quizá el tiempo no cura exactamente lo que hemos perdido.
Creo que el tiempo enseña otra cosa: a echar de menos sin dejar de vivir.
Y si tú también estás pasando por esto, si has perdido a tu perro y te da vergüenza reconocer que todavía te duele, quiero decirte lo mismo que intento recordarme a mí misma: el duelo por la muerte de un perro no tiene una fecha de caducidad.
Seguir viviendo también es parte del duelo
Porque seguir viviendo no significa dejar de querer. Puedes reírte, hacer planes, disfrutar de un día bonito y, de repente, pensar en él y sentir un nudo en la garganta, estar y echarlo de menos, avanzar sin dejarlo atrás. Una cosa no invalida la otra.
Y si tú también estás pasando por esto, si has perdido a tu perro y te da vergüenza reconocer que todavía te duele, quiero decirte lo mismo que intento recordarme a mí misma: no estás exagerando, no es capricho y no tienes que justificarlo. Era tu perro, sí, pero quizá también era tu compañía, tu rutina, tu refugio, tu alegría, tu casa y una parte de la vida que construiste con él.
Hay alegrías que se quedan con un hueco con forma de perro. También hay tristezas. Y las dos pueden convivir.
Por eso, un año después, sigo echándolo de menos. Y supongo que siempre lo haré de alguna manera. No porque no haya aprendido a vivir sin él, sino porque haber aprendido a vivir sin alguien no significa que deje de importarte que ya no esté.
Gracias por todo, Tokio. Por las risas, por las siestas, por las pelotas, por el mar, por la ternura, por la confianza y por esa manera tuya de mirarme que todavía, un año después, consigue hacerme sentir en casa.
Te quise durante catorce años. Te quiero ahora. Y supongo que eso también forma parte del duelo: aprender que el amor permanece incluso cuando ya no podemos tocar a quien amamos.
«Si me necesitas, silba» 💜♥️💜
Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria
Colegiada CV15735
Kairós Psicología
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