Tuve un profesor en una formación que decía algo que no se me ha olvidado nunca: «la diferencia entre ser bueno y ser tonto es la frecuencia». Al principio suena un poco duro, pero cuanto más lo pienso, más razón le encuentro. Dar, ayudar, estar disponible, ceder, no es un problema en sí mismo. El problema es cuando se convierte en tu único rol dentro de una relación, una y otra vez, mientras la otra parte se acomoda a que las cosas funcionen así.
Llevo años dándole vueltas a esta frase, y hace poco encontré la versión moderna, resumida en un post que vi por ahí: «estoy aprendiendo a dar lo que recibo, y no es fácil, porque yo no soy así». Es la misma idea exacta, dicha cincuenta años después, con otras palabras. Y pensé: qué bien resumido está esto que llevo años viendo en consulta, y si soy sincera, también en mi propia vida.
Y quizá de eso va, en buena medida, la reciprocidad en las relaciones: de poder dar sin sentir que siempre eres tú quien tiene que sostenerlo todo.
Cansarse de tirar del carro
Esto no pasa de golpe. Nadie decide un día «voy a aguantar esto para siempre». Pasa poco a poco: una vez no dices que algo te ha molestado porque no quieres montar un drama. Otra vez cedes tú porque total, es más fácil. Otra vez llamas tú, planeas tú, preguntas tú cómo está la otra persona sin que nadie te lo pregunte a ti (de manera sincera).
Y un día, después de meses o años tirando sola del carro, lo dices. Y como llega todo junto, de golpe, después de tanto tiempo callado, parece una escena desproporcionada. «¿Por qué saltas ahora por esto?» Pues porque esto no es «solo» por esto. Es por todo lo anterior que nunca se dijo.
Lo curioso es que la otra persona muchas veces ni se entera de que llevaba meses tirando sola. No porque sea mala, sino porque nadie le dijo lo contrario. El silencio, sin querer, le confirmó que todo estaba bien tal y como estaba. Por eso, cuando por fin se dice, no solo duele el contenido de lo que se dice: duele también la sorpresa de descubrir que algo llevaba tiempo rompiéndose sin avisar.
Lo que de verdad significa que una relación sea bidireccional
Da igual si hablamos de pareja, de familia, de amigas de toda la vida o incluso de una expareja con la que mantienes algún tipo de vínculo: una relación sana necesita ida y vuelta. No en cada gesto exacto, no llevando la cuenta con calculadora, pero sí en conjunto, con el tiempo.
Respeto, libertad, amor, comunicación, empatía, transparencia. Ninguno de estos valores funciona en una sola dirección. No existe el respeto que solo das tú. No existe la transparencia que practicas solo tú mientras el otro guarda silencio. Cuando uno de los dos deja de sostener su parte, no es que la relación se vuelva «menos equilibrada»: deja de ser, en el sentido estricto, una relación entre dos.
Esto no significa que las dos personas tengan que aportar exactamente lo mismo, en la misma cantidad, todo el tiempo. Hay etapas: alguien puede necesitar más apoyo durante una enfermedad, un duelo, una mala racha, y eso no rompe nada. Lo que rompe es que ese desequilibrio se convierta en el estado permanente de la relación, sin que nadie lo nombre ni intente devolver nada cuando las cosas mejoran.
El «flow» no es lo mismo que el egoísmo
Vivimos rodeados de un discurso que suena muy bonito pero que, mal entendido, hace bastante daño: lo de fluir, no controlar nada, no tener expectativas de nadie. Y una parte de esto tiene sentido: rigidizar cada vínculo con exigencias imposibles no es sano. Pero hay una versión barata de este discurso que se usa, muchas veces sin darse cuenta, para justificar que una sola persona sostenga todo el peso mientras la otra simplemente «fluye» sin comprometerse a nada.
Fluir no puede significar que solo una persona reme.
De hecho, si te fijas, casi siempre es la misma persona a la que se le pide que «fluya más»: la que ya está aportando de más. Rara vez le decimos a quien no llama, no pregunta, no sostiene nada, que debería «fluir menos» y comprometerse un poco más. El discurso del flow, mal aplicado, casi siempre acaba pidiéndole calma a quien ya estaba sosteniendo todo el peso.
El problema de demonizar las expectativas
Se ha puesto muy de moda decir «eso son tus expectativas» como si fuera un diagnóstico de que algo va mal en ti. Y aquí necesito pararme, porque no estoy de acuerdo con esta idea tal y como se ha popularizado.
Es verdad que hay expectativas irreales, construidas sobre fantasías o sobre lo que «debería» pasar en vez de lo que realmente hay delante. Esas sí merece la pena revisarlas. Pero tener expectativas razonables de las personas que quieres —que te llamen si les cuentas algo importante, que se acuerden de una fecha que sabes que les dijiste, que aparezcan cuando de verdad los necesitas— no es un fallo tuyo. Es, sencillamente, lo que significa que te importa esa relación.
Y sentir decepción cuando alguien a quien quieres no está a la altura de lo que esa relación merece tampoco es «un problema tuyo de expectativas». Es una respuesta emocional coherente y sana. El problema no es sentir la decepción. El problema sería no sentirla nunca, porque eso significaría que ya no esperas nada de nadie, y eso no es paz interior: es resignación.
Cuando la distancia física se sustituye por un wasap
Hay algo que veo cada vez más y que me preocupa: personas que viven a diez minutos y pueden pasar meses sin verse, sosteniendo el vínculo entero a base de mensajes y llamadas puntuales. No digo que esto sea malo siempre ni que haya una única forma correcta de querer a la gente. Pero si toda una relación se sostiene solo a distancia, cuando la cercanía física sería perfectamente posible, merece la pena preguntarse qué está pasando ahí de verdad.
Un mensaje de «¿cómo estás?» cada cierto tiempo puede sentirse como cuidado, pero también puede ser la forma más cómoda de mantener la sensación de vínculo sin invertir realmente en él. La presencia física, cuando es posible y no se elige, dice algo que ningún mensaje puede sustituir del todo.
Entonces, ¿qué hacemos con esto?
No hace falta llevar un marcador exacto de quién ha llamado más veces esta semana. Pero sí merece la pena preguntarte, de vez en cuando, en tus relaciones importantes: ¿esto que sostengo, lo sostenemos entre los dos, o lo sostengo solo yo? ¿Llevo tiempo callándome cosas que me molestan por no generar conflicto? ¿La última vez que dije algo que me dolía, cómo reaccionó la otra persona?
Ser generosa, buena, estar disponible, no tiene nada de malo. Es precioso, de hecho. El matiz que quiero dejarte es este: hacerlo siempre, sin que nadie te lo devuelva nunca, no te convierte en mejor persona. Solo te deja más cansada. Y las relaciones, todas, de cualquier tipo, necesitan que ambas partes tiren del carro, aunque sea a ritmos distintos, aunque no sea siempre igual de intenso. Pero tirar, los dos.
Si me necesitas, silba.
Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria · CV15735
Kairós Psicología
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