Allá por 2016, recién separada, yo iba diciendo por ahí que no pensaba volver a vivir con nadie. Y no exagero si os cuento que la gente se llevaba las manos a la cabeza. Como si acabara de anunciar que me hago monja o que dejo de comer pan. Mi única excepción, decía yo entre risas, sería llegar a una edad en la que necesite ayuda para atarme las zapatillas… o para cosas bastante más íntimas todavía. Fuera de eso: cada una en su casa, gracias.
Pues bien, hace poco empecé a oír hablar del modelo LAT y pensé: ah, mira, no estaba yo tan mal de la cabeza. Resulta que tiene hasta nombre, siglas y estudios. Y lo veo cada vez más en consulta: parejas que llevan años juntas, se quieren con locura, tienen proyecto de vida. Y aun así, cada una vuelve a su casa al acabar el día. No es que «todavía no hayan dado el paso» de vivir juntos. Es que no quieren darlo, y punto. A esto se le llama LAT: Living Apart Together, o lo que es lo mismo:
«vivimos juntos, pero no bajo el mismo techo, gracias».
Vale, pero ¿qué es exactamente?
Una pareja LAT tiene compromiso, sexo, planes compartidos, discusiones sobre si Netflix sube el precio otra vez… todo lo de una pareja normal, menos el «quién saca la basura hoy». No lo confundas con una relación a distancia: muchas parejas LAT viven en la misma ciudad, a veces a cinco minutos andando. Simplemente han decidido que el amor no necesita compartir código postal.
Y no, no se lo han inventado ahora los millennials para vender terapia de pareja: el concepto ya se estudiaba en Europa en los años 70-80, lo que pasa es que ahora se habla mucho más de ello (fuente: OKDiario – Metabolic, «Llega a España el Living Apart Together»).
¿Por qué le funciona a algunas parejas?
Dos cosas se repiten mucho, tanto en consulta como en lo que he leído:
1. Menos roce, más ganas. Convivir a diario significa pactar constantemente cosas pequeñas y tediosas. Quién friega, quién paga qué, por qué dejas la toalla en el suelo si tenemos un toallero literal a 20 centímetros. El modelo LAT se salta buena parte de esa negociación doméstica. Y lo que sí se comparte se vive con más ganas, no con resignación de «bueno, hoy toca estar juntos» (fuente: Psicólogo de Cabecera, «Parejas LAT: vivir juntos pero separados»).
2. Independencia que no le hace la competencia al amor. Tener tu espacio, tus rutinas y tu gente sin que eso «reste» a la relación parece ir de la mano con más satisfacción. Y tiene su lógica: a nadie le hace ilusión convertirse en la versión reducida de sí mismo. Solo para caber en el hueco del sofá que le deja el otro (fuente: Mentes Abiertas Psicología, «LAT o Living Apart Together: modelo de relación»).
Lo que nadie cuenta: familia, ruido e intimidad
Y hay un tipo de roce del que casi nadie habla: las familias ensambladas. Hijos de otro matrimonio con sus propias costumbres, dos casas con dos formas distintas de hacer las cosas que de repente tienen que convivir. Al final no te vas a vivir solo con tu pareja, te vas a vivir con toda la vida que trae detrás.
Y luego está lo del ruido, que también cuenta y mucho. Hay quien necesita silencio para pensar, para meditar, para simplemente estar en paz en su propio espacio — y no tiene nada de raro ni de rarito. El problema no es que a la otra persona le guste tener la tele puesta de fondo o la música alta. El problema es cuando dos formas de habitar una casa, igual de válidas, tienen que convivir en el mismo salón.
Y hay algo más que casi nunca se dice en voz alta: la intimidad de estar en tu casa sin tener que estar «presentable» por si llega alguien. Poder andar por tu propio espacio exactamente como te dé la gana, sin calcular quién puede aparecer. Y esto no es solo sobre estar más o menos vestida. También va de poder discutir con tu pareja en un sitio que sientes tuyo, sin la sensación de que cualquiera puede entrar por esa puerta en mitad de la conversación. Un espacio propio es, muchas veces, la diferencia entre sentirte segura del todo o sentirte «de paso» en tu propia vida.
Ahora el zasca (con cariño): no todo es tan bonito
Aquí es donde me pongo un poco pesada, porque de esta tendencia se suele contar solo la parte Instagrameable. Un estudio cualitativo hecho en Chile distingue tres perfiles de parejas LAT, y esto sí que me parece importante: «LAT puros» (lo eligen libremente y disfrutan), «LAT circunstanciales» (trabajo, hijos, la vida) y «LAT involuntarios»(les encantaría convivir, pero no pueden) (fuente: Academia.edu, «Satisfacción en las Relaciones de Pareja en la Adultez Emergente»).
Así que no, el LAT no es una fórmula mágica de «felicidad garantizada sin fregar platos ajenos». Vivirlo eligiéndolo de verdad no tiene nada que ver con vivirlo porque no queda otra. Y si tú o tu pareja estáis en el segundo grupo, la conversación pendiente no es sobre casas, es -quizás- sobre qué estáis evitando deciros.
Añado otra cosa que veo mucho en consulta: este modelo le sienta genial a quien tiene un apego más seguro. A quien le cuesta tolerar no saber qué hace el otro cuando no está delante, o necesita controlar un poco (ya sabes quién eres), esto le puede remover algo. El LAT no cura los celos, oye, solo les da más espacio para respirar.
Entonces, ¿es mejor vivir separados?
No, y esa pregunta ya parte mal. No hay un modelo de pareja «ganador»; hay modelos que encajan con quiénes sois y en qué momento estáis. Lo que sí me gusta de esta tendencia es que obliga a preguntarse algo que casi nadie se pregunta. ¿Convivimos porque lo elegimos, o porque «es lo que toca» y nadie se ha planteado lo contrario?
Si os reconocéis en esto, o le estáis dando vueltas, mi consejo es de psicóloga aburrida pero efectiva. Habladlo con la misma seriedad con la que hablaríais de firmar un alquiler juntos. Qué esperáis el uno del otro, cómo os apoyáis cuando las cosas se tuercen, qué pasa si algo cambia. La casa (o las dos casas) importa mucho menos que tener esa conversación.
Y si alguien todavía se lleva las manos a la cabeza cuando se lo cuentas, mándale este post. O mejor, mándamelo a mí directamente, que ya tengo tablas con esa reacción.
Ana Camacho — Psicóloga General Sanitaria — Col. CV15735
611 193 187
«Si me necesitas, silba»
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