El coste invisible de aprender a sobrevivir funcionando
Muchas personas pasan años intentando reprimir emociones mientras continúan funcionando aparentemente con normalidad.
Hace poco, durante una sesión, una paciente realizó un ejercicio aparentemente sencillo. Cogió una hoja y la dividió en dos partes. En una escribió: «Lo que realmente pasa». En la otra: «Lo que enseño».
Debajo de «Lo que realmente pasa» aparecieron palabras como tristeza, soledad, vacío, melancolía, desconexión y miedo. Debajo de «Lo que enseño» escribió felicidad, interés, sonrisa, que todo está bien.
Cuando terminó, se quedó mirando aquella hoja durante unos segundos. Yo también. Durante un instante ninguna de las dos dijo nada. Ella rompió a llorar. Confieso que yo también sentí un nudo en la garganta. Porque detrás de cada diagnóstico, de cada técnica y de cada intervención hay personas sufriendo. Automáticamente pensé en que probablemente muchas personas podrían reconocerse en ella.
Porque existe una forma de sufrimiento que rara vez llama la atención. No es el sufrimiento que grita, ni el que se derrumba delante de los demás, ni el que aparece en las películas cuando alguien rompe a llorar bajo la lluvia. Es un sufrimiento mucho más silencioso y discreto. Es el sufrimiento de las personas que siguen funcionando, de las personas que llevan años reprimiendo emociones sin ser plenamente conscientes de ello.
Personas que trabajan, que cuidan, que cumplen, que responden mensajes, que siguen adelante y que dicen que están bien aunque no lo estén.
Y quizá precisamente por eso resulta tan difícil verlo.
La falsa idea de que el sufrimiento siempre se nota
Reprimir emociones no significa dejar de sentirlas. Hacer que todo va bien no lo convierte en realidad, por más que lo repitamos.
Existe una imagen bastante extendida acerca de cómo debería verse una persona que está atravesando un mal momento emocional. Imaginamos a alguien incapaz de levantarse de la cama, que llora constantemente o que ha dejado de funcionar en su vida cotidiana. Sin embargo, la realidad suele ser mucho más compleja.
Hay personas que llegan al trabajo cada mañana mientras atraviesan un duelo que nadie conoce. Personas que siguen cuidando de sus hijos mientras sienten que apenas tienen energía para cuidarse a sí mismas. Personas que acompañan a todo el mundo mientras se sienten profundamente solas. Personas que continúan sonriendo en reuniones familiares, comidas con amigos o conversaciones de WhatsApp mientras por dentro atraviesan una tormenta que nadie sospecha.
Y también hay personas que responden «bien» cuando alguien les pregunta cómo están porque no saben por dónde empezar a explicar todo lo demás.
Desde fuera suelen parecer fuertes, resolutivas e incluso admirables. Sin embargo, por dentro muchas veces viven un cansancio difícil de describir. No porque estén haciendo más cosas que los demás, sino porque llevan demasiado tiempo sosteniendo cosas que duelen, reprimiendo emociones y encontrando muy pocos lugares donde descansar.
Cuando reprimir emociones se convierte en una forma de vida
La capacidad de regular nuestras emociones es una habilidad importante. No podemos expresar todo lo que sentimos en cualquier momento ni con cualquier persona. Aprender a contenernos forma parte de la vida adulta y de la convivencia.
Sin embargo, una cosa es regular una emoción y otra muy distinta reprimirla sistemáticamente.
Muchas personas crecieron en entornos donde determinadas emociones no tenían demasiado espacio. Quizá la tristeza se interpretaba como debilidad. Quizá el enfado generaba rechazo o conflicto. Quizá el miedo era ridiculizado. Quizá pedir ayuda se percibía como una carga para los demás. Y cuando una emoción no encuentra un lugar seguro donde ser expresada, la persona aprende a reprimirla. Esto suele ocurrir de forma inconsciente.
No conozco a nadie que se levante una mañana y decida reprimir lo que siente para el resto de su vida.
Por qué aprendemos a reprimir emociones
Lo que ocurre es algo mucho más sutil. Poco a poco descubrimos qué partes de nosotros parecen aceptables y cuáles generan incomodidad en quienes nos rodean. Aprendemos qué emociones reciben atención y cuáles son ignoradas. Aprendemos qué necesidades son bienvenidas y cuáles parecen molestar.
Con el tiempo, algunas personas se vuelven extraordinariamente hábiles mostrando únicamente aquello que creen que los demás podrán tolerar. Enseñan la sonrisa y esconden la tristeza. Enseñan interés mientras sienten vacío. Enseñan calma mientras viven en alerta. Enseñan independencia mientras desearían poder apoyarse en alguien.
Y muchas veces llegan a hacerlo tan bien que incluso quienes más las quieren terminan creyendo que realmente están bien.
Lo que dice la psicología
La psicología lleva décadas estudiando algo conocido como supresión emocional. Este término hace referencia al esfuerzo que realizamos para ocultar o inhibir aquello que estamos sintiendo. Aunque todos utilizamos esta estrategia en determinados momentos, cuando se convierte en una forma habitual de relacionarnos con nuestras emociones suele tener consecuencias importantes.
Diversas investigaciones han encontrado que las personas que reprimen sistemáticamente lo que sienten tienden a experimentar mayores niveles de estrés fisiológico, más sensación de desconexión emocional y una menor percepción de apoyo social. En otras palabras, cuanto más escondemos/reprimimos determinadas partes de nuestra experiencia emocional, más difícil resulta sentirnos verdaderamente acompañados.
Y tiene bastante lógica.
Cuando nadie conoce lo que realmente nos ocurre, los demás terminan relacionándose con la versión que mostramos. Pueden apreciar nuestra fortaleza, nuestra capacidad para resolver problemas o nuestra aparente tranquilidad, pero les resulta mucho más difícil conectar con aquello que permanece oculto.
Por eso algunas personas describen una forma muy particular de soledad. No la soledad de estar físicamente solas, sino la soledad de sentir que nadie está viendo lo que realmente pasa.
Hay una sensación que es terriblemente dura y difícil de gestionar: sentirse solo sin estarlo físicamente.
Nos falta conectar de verdad, quitarnos la máscara y decir: «pues estoy jodido/a, la verdad, y no sé ni por dónde empezar a soltar».
Cuando confundimos funcionar con estar bien
Una de las cosas que más observo en consulta es que muchas personas evalúan su estado emocional utilizando criterios de rendimiento. Mientras sigan trabajando, cuidando de los demás, pagando facturas, llegando a sus responsabilidades o cumpliendo con todo lo que se espera de ellas, concluyen que están bien.
Sin embargo, funcionar y estar bien no son lo mismo.
Una persona puede seguir adelante mientras atraviesa un duelo que apenas ha podido elaborar. Puede cumplir con su trabajo mientras se siente profundamente sola. Puede cuidar de todo el mundo mientras lleva meses sin encontrar un espacio donde sentirse cuidada. Puede sonreír, hacer planes y seguir con su rutina mientras por dentro arrastra un agotamiento emocional que nadie ve.
Quizá por eso algunas personas tardan tanto en darse cuenta de que necesitan ayuda. No porque no estén sufriendo, sino porque siguen funcionando. Y mientras seguimos funcionando, resulta fácil convencernos de que no es para tanto, de que ya pasará o de que simplemente estamos cansados.
El problema es que el cuerpo y las emociones no siempre entienden de productividad. Podemos seguir cumpliendo durante mucho tiempo y, aun así, sentirnos cada vez más desconectados de nosotros mismos. Podemos parecer perfectamente funcionales y estar emocionalmente agotados.
Y cuando eso ocurre, pedir ayuda suele resultar mucho más difícil. Porque desde fuera nadie entiende qué pasa. Y desde dentro tampoco parece haber una razón suficientemente clara para sentirse tan mal.
En sesión, me dicen algo que yo he dicho muchas veces en terapia ante la pregunta: «Cuéntame, ¿qué te pasa?», y responden: «Todo y nada», porque quizás en ese mismo momento no ha habido un desencadenante tan doloroso que pueda explicar tanto malestar, es un cúmulo de resistir, de reprimir, de sostener.
El problema no es ser fuerte
Existe una idea cultural bastante extendida que asocia la fortaleza emocional con la capacidad de aguantar. Aguantar el dolor. Aguantar la presión. Aguantar las pérdidas. Aguantar la incertidumbre. Aguantar, en definitiva, cualquier cosa que la vida nos ponga delante.
Y es cierto que todos necesitamos desarrollar cierta capacidad para tolerar el malestar. La vida sería imposible sin ella.
Sin embargo, hay una diferencia enorme entre ser fuerte y sentir que no tienes permiso para dejar de serlo.
En consulta escucho con frecuencia frases como: «Yo siempre puedo con todo», «No me gusta preocupar a los demás», «Ya se me pasará», «No es para tanto» o «Hay gente que está peor que yo». Muchas veces estas frases no nacen de la fortaleza. Nacen del miedo.
Del miedo a parecer vulnerable. Del miedo a necesitar. Del miedo a sentirse una carga. Del miedo a decepcionar la imagen que los demás tienen de nosotros.
Y poco a poco la persona termina construyendo una identidad alrededor de la idea de ser fuerte. El problema es que algunas formas de fortaleza tienen un coste muy elevado.
Porque una cosa es ser capaz de sostener una situación difícil y otra muy distinta sentir que tienes que sostenerla completamente solo. Reprimir emociones y atravesar la vida con una armadura tiene un coste que a menudo no vemos hasta que estamos agotados.
El papel del apego
La manera en que aprendemos a relacionarnos con nuestras emociones suele estar profundamente influida por nuestras experiencias tempranas. La teoría del apego nos muestra que las primeras relaciones que establecemos con nuestros cuidadores contribuyen a formar nuestras expectativas acerca de nosotros mismos y de los demás.
Cuando una persona ha aprendido que mostrar vulnerabilidad genera rechazo, incomodidad o indiferencia, resulta comprensible que años después le cueste expresar lo que siente. No porque no tenga emociones. No porque no necesite apoyo.
Sino porque aprendió, muchas veces sin darse cuenta, que determinadas necesidades debían gestionarse en soledad.
Por eso el famoso «estoy bien» no siempre es una mentira. En muchos casos es una estrategia de supervivencia emocional aprendida hace mucho tiempo.
Una estrategia que quizá fue útil en algún momento de la vida, pero que con el paso de los años puede terminar generando una enorme sensación de aislamiento, de desconexión con uno mismo, de sentirse perdido, de «no sé pero no termino de estar bien».
Cuando vivir consiste en sostener
Sostener es agotador. Sostener el trabajo, la familia, las expectativas, la imagen que los demás tienen de nosotros y, además, sostener emociones que nunca encuentran un lugar donde descansar termina generando un desgaste enorme que muchas veces pasa desapercibido incluso para la propia persona.
Por eso algunas personas no se derrumban porque sean débiles. Se derrumban porque llevan demasiado tiempo siendo fuertes. Porque nadie puede vivir indefinidamente cargando con todo. Porque incluso las personas más resilientes necesitan espacios donde no tengan que demostrar nada, donde puedan bajar la guardia y donde no tengan que justificar constantemente por qué están cansadas.
Necesitan lugares donde puedan ser simplemente humanas, romperse y reconstruirse. Perderse y encontrarse. Las veces que sea necesario.
Estoy bien. Pero si me abrazas, lloro.
Hace tiempo leí una frase que decía: «Estoy bien, pero si me abrazas, lloro».
Y creo que resume algo profundamente humano.
Muchas veces las personas no necesitan soluciones, ni consejos, ni que les recuerden constantemente lo fuertes que son. Lo que necesitan es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de encontrar: un espacio donde puedan dejar de sostener durante un rato.
Un lugar donde no tengan que fingir. Un lugar donde no tengan que demostrar nada. Un lugar donde la respuesta «estoy bien» no sea obligatoria. Porque hay personas que no necesitan que las rescaten. Necesitan dejar de fingir que están bien.
Por eso, muchas personas, nada más entrar en consulta comienzan a llorar. No porque yo tenga una capacidad especial. Sino porque durante un rato dejan de hacer algo que llevan demasiado tiempo haciendo:
Reprimir la ira. Reprimir la tristeza. Reprimir el miedo. Sostener la imagen de que todo está bien.
Y cuando ya no hace falta sostener, se suelta, y suele aparecer el llanto. No como señal de debilidad, sino como señal de que, por fin, existe un lugar donde no hay que fingir.
Y quizá una de las formas más valientes de fortaleza consista precisamente en eso: permitir que alguien vea, de vez en cuando, aquello que llevamos demasiado tiempo intentando sostener a solas.
A veces el problema no es únicamente lo que sentimos, sino el tiempo que llevamos intentando reprimir emociones para seguir funcionando. De hecho, el silencio suele ser una de las formas más frecuentes de hacerlo.
Si te interesa profundizar en esta idea, también he escrito sobre ello aquí: Cuando la necesidad de silencio habla de salud mental. https://kairospsicologia.com/necesidad-de-silencio/
Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria | Kairós Psicología
Si me necesitas, silba. 💜♥️💜
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