Si hay una palabra que no dejamos de escuchar este año es desconectar. Pero desconectar de qué o de quién.
Desconectar del móvil. De las redes sociales. Del trabajo. De los grupos de WhatsApp. Incluso de determinadas personas.
Parece que todos sentimos, de una forma u otra, que vivimos demasiado conectados (hacia fuera) y, al mismo tiempo, demasiado lejos de nosotros mismos.
Y no, no es solo una moda de bienestar ni otra tendencia de Instagram. Detrás de esta conversación hay datos muy interesantes. Hoy me vais a permitir ponerme un poquito más en modo investigadora, porque este tema me ha despertado mucha curiosidad y creo que merece la pena entender qué dice realmente la ciencia, sin caer ni en el alarmismo ni en el postureo del famoso «detox digital».
Porque, como casi siempre ocurre en psicología, la realidad es bastante más compleja que un simple «borra Instagram y serás feliz».
Lo que sabemos hasta ahora
Uno de los estudios que más ha llamado la atención en los últimos meses, publicado en JAMA Network Open, analizó qué ocurría cuando un grupo de personas reducía durante una semana el uso de redes sociales como Instagram, TikTok, Facebook o X.
Los resultados fueron bastante claros.
Los síntomas depresivos disminuyeron cerca de un 25 %.
La ansiedad bajó aproximadamente un 16 %.
Y la calidad del sueño también mejoró de forma significativa.
Además, las personas que partían de un mayor nivel de malestar fueron precisamente las que experimentaron cambios más importantes.
Hasta aquí todo parece confirmar lo que muchos intuíamos: pasar menos tiempo delante de una pantalla puede hacernos sentir mejor.
Pero hay un dato que me parece especialmente interesante.
El «detalle» que casi nadie cuenta
En ese mismo estudio hubo una variable que prácticamente no mejoró: la sensación de soledad.
Y tiene bastante sentido.
Las redes sociales, aunque muchas veces nos saturen, también cumplen una función social real. Nos permiten mantener contacto con personas que viven lejos, compartir momentos cotidianos o sentirnos acompañados cuando estamos solos.
Por eso, eliminarlas de golpe no siempre produce el efecto que esperamos.
De hecho, otro meta-análisis realizado por investigadores de las universidades de Amberes y Gante llega a una conclusión muy parecida: abandonar completamente las redes puede generar aburrimiento, aislamiento e incluso aumentar la sensación de soledad en algunas personas.
Es decir, el problema quizá nunca fue tener redes sociales.
El problema es la relación que mantenemos con ellas.
No necesitamos desaparecer de Internet
Esta es probablemente la parte que más me gusta de todo lo que he estado leyendo.
La ciencia no nos está diciendo que debemos abandonar la tecnología para recuperar nuestra salud mental.
Nos está diciendo algo mucho más útil.
Que la pregunta importante no es cuánto tiempo pasamos mirando una pantalla, sino qué estamos buscando cuando la cogemos.
Porque no es lo mismo entrar cinco minutos para responder a una amiga que abrir Instagram cada vez que aparece el aburrimiento, la ansiedad o esa sensación incómoda de no querer estar a solas con nuestros propios pensamientos.
Muchas veces creemos que buscamos entretenimiento.
Pero, en realidad, estamos buscando regulación emocional.
Un descanso.
Una distracción.
Sentirnos acompañados.
No pensar.
Y ahí es donde empieza el problema.
Porque el alivio llega rápido… pero también desaparece muy rápido.
Entonces… ¿qué funciona de verdad?
Quizá la clave no sea desconectar.
Quizá la clave sea volver a elegir conscientemente a qué queremos conectar.
Reducir el uso suele funcionar mejor que prohibírselo para siempre.
Sustituir una hora de pantalla por una conversación, un paseo, un libro o simplemente un rato sin estímulos suele dar mejores resultados que intentar aguantar la ansiedad mirando el techo.
Y, sobre todo, merece la pena preguntarnos para qué abrimos el móvil cada vez que lo hacemos.
Porque hay una enorme diferencia entre usar las redes para conectar con alguien que queremos y utilizarlas para escapar continuamente de nosotros mismos.
La tecnología no es el enemigo.
Lo que termina pasándonos factura es cuando acaba ocupando el lugar que deberían tener el descanso, las conversaciones de verdad, el silencio o incluso el aburrimiento.
Quizá no necesitamos desconectar tanto…
…como volver a conectar con lo que realmente nos hace bien.
Con personas que nos miran a los ojos.
Con conversaciones sin notificaciones.
Con momentos en los que no hace falta hacer una foto para demostrar que están ocurriendo.
Con el placer de estar presentes.
Porque, al final, la auténtica desconexión no consiste en apagar el móvil.
Consiste en dejar de vivir permanentemente disponibles para todo… excepto para nosotros mismos.
Y quizá esa sea una de las formas más saludables de cuidarnos que tenemos a nuestro alcance.
❤️💜❤️
Si me necesitas, silba.
Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria
Colegiada CV15735
Kairós Psicología
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