Ayer estaba viendo un documental y un médico forense hablaba de una de esas frases que hemos escuchado tantas veces que casi ya no nos paramos a pensar en ella: “del amor al odio hay un paso”. Me hizo pensar en cuántas veces hemos visto precisamente eso en la vida real. Personas que estuvieron profundamente enamoradas y que, después de una ruptura, una traición o una decepción, parecen pasar al extremo contrario. Personas que un día no podían imaginar su vida sin alguien y que, tiempo después, aseguran que no quieren volver a verle jamás.
¿De verdad están tan cerca el amor y el odio? ¿Puede alguien dejar de querer y empezar a odiar con tanta rapidez? ¿O quizá lo que llamamos odio después de una relación tiene más que ver con todo aquello que todavía está ocurriendo dentro de nosotros?
La respuesta, como suele suceder en psicología, es bastante más interesante que un simple sí o no.
El cerebro encuentra un curioso punto de encuentro
En 2008, los investigadores Semir Zeki y John Romaya estudiaron mediante resonancia magnética qué ocurría en el cerebro de 17 personas que sentían un odio intenso hacia alguien. Cuando les mostraban imágenes de la persona que rechazaban, observaron un patrón de activación cerebral específico, diferente del que aparece en otras emociones como el miedo o la ira.
Lo más llamativo fue que algunas de las regiones implicadas, entre ellas la ínsula y el putamen, también habían aparecido en investigaciones anteriores relacionadas con el amor romántico. Esto no significa que amor y odio sean exactamente la misma emoción ni que exista un único “circuito del amor y del odio”. El patrón cerebral completo era diferente. Lo interesante es que existe cierto solapamiento en algunas regiones relacionadas con el procesamiento emocional y la preparación para la acción.
El estudio fue publicado en PLOS ONE bajo el título Neural correlates of hate (Zeki & Romaya, 2008). Y precisamente por eso resulta tan interesante: no demuestra que amor y odio sean dos caras idénticas de una misma emoción, pero sí aporta una explicación neurobiológica a algo que intuitivamente reconocemos en nuestra experiencia cotidiana: ambos pueden implicar una enorme carga emocional y una gran capacidad para dirigir nuestra atención hacia otra persona.
Y quizá por eso el refrán nos resulta tan intuitivo.
Porque para odiar de verdad a alguien, normalmente esa persona ha tenido que importarnos de alguna manera.
La indiferencia es otra historia
Hay algo que solemos confundir cuando hablamos de rupturas: pensamos que lo contrario del amor es el odio.
Pero quizá no lo sea.
El odio sigue necesitando atención. Sigue necesitando energía. Sigues pensando en esa persona, interpretando lo que hizo, recordando conversaciones, imaginando lo que le dirías si apareciera delante de ti o deseando que algún día comprenda el daño que te hizo. Incluso cuando la emoción es negativa, el vínculo psicológico con aquello que ocurrió puede seguir siendo muy intenso.
La indiferencia, en cambio, tiene otra textura.
No significa necesariamente que hayas olvidado a la persona ni que todo lo vivido te resulte irrelevante. Significa que ha dejado de ocupar ese espacio interno en el que antes tenía capacidad para alterar tu día, tu estado de ánimo o la manera en la que te relacionas contigo misma.
Por eso, después de una ruptura, quizá no sea tan importante preguntarnos cuánto odiamos a alguien como preguntarnos cuánto espacio sigue ocupando dentro de nosotros.
Cuando el amor se convierte en rabia
Hay relaciones en las que la transición hacia la rabia resulta especialmente intensa. Suele ocurrir cuando la ruptura no solo implica perder a una persona, sino también enfrentarnos a una realidad que no queríamos ver.
Quizá descubrimos una infidelidad. Quizá comprendemos que hemos estado justificando comportamientos que nos hacían daño. Quizá alguien que idealizábamos nos decepciona profundamente. O quizá somos nosotros quienes, después de mucho tiempo, conseguimos reconocer que aquella relación no era lo que necesitábamos.
Y entonces aparece la rabia.
A veces necesitamos enfadarnos porque durante mucho tiempo no pudimos hacerlo. Porque estuvimos demasiado ocupados intentando comprender al otro, sostener la relación, evitar una discusión o conseguir que aquello que estábamos viviendo se pareciera a lo que habíamos imaginado.
La rabia puede aparecer entonces como una forma de recuperar algo que habíamos perdido: la capacidad de reconocer que algo nos hizo daño.
Eso no significa que toda rabia sea buena ni que debamos quedarnos instalados en ella. Significa que no siempre tenemos que avergonzarnos de sentirla. Una emoción puede tener una función aunque no nos resulte agradable, y comprenderla suele ser mucho más útil que intentar eliminarla a la fuerza.
A veces no odiamos a la persona: odiamos lo que ocurrió
Esta diferencia me parece especialmente importante.
Porque cuando decimos “le odio”, podemos estar hablando de muchas cosas distintas. Podemos odiar la mentira, la humillación, la sensación de haber sido utilizados, el tiempo que creemos haber perdido o la versión de nosotros mismos que fuimos durante aquella relación. Podemos odiar la persona en la que se convirtió alguien a quien creíamos conocer.
Incluso podemos odiar que una historia que imaginábamos para toda la vida haya terminado de una manera que nunca habríamos elegido.
Y todo eso puede mezclarse hasta convertirse en una emoción enorme que parece tener un único destinatario.
Pero quizá debajo haya algo mucho más complejo: dolor, decepción, impotencia, duelo y una necesidad desesperada de encontrarle sentido a lo que pasó.
¿Por qué duele tanto alguien que ya no queremos?
Porque dejar de querer a alguien no significa que desaparezca automáticamente todo lo que construimos alrededor de esa relación.
Una pareja no es únicamente una persona. Es una rutina, unos planes, determinados lugares, conversaciones, proyectos, expectativas y una versión de nuestro propio futuro. Cuando la relación termina, no solo perdemos a alguien: muchas veces tenemos que reorganizar una parte de nuestra identidad.
Y eso lleva tiempo.
Por eso podemos sentir cosas aparentemente contradictorias. Podemos echar de menos a alguien y saber perfectamente que no queremos volver. Podemos recordar momentos preciosos y, al mismo tiempo, tener clarísimo que la relación no nos hacía bien. Podemos sentir cariño por quien fue una persona importante y rabia por algunas de las cosas que hizo.
No necesitamos elegir una sola emoción para que las demás desaparezcan.
Podemos querer y estar enfadados. Podemos echar de menos y no querer regresar. Podemos agradecer lo vivido y saber que se terminó.
Las emociones no funcionan con la lógica de una puerta que se abre o se cierra de golpe.
El problema no es sentir odio, sino quedarse a vivir en él
Sentir una emoción intensa después de una ruptura no significa que estemos haciendo algo mal. De hecho, intentar obligarnos a estar bien inmediatamente puede complicar todavía más el proceso.
El problema aparece cuando la rabia deja de ser una emoción que atraviesa un duelo y se convierte en una forma permanente de relacionarnos con lo ocurrido.
Cuando necesitamos seguir hablando de esa persona para sentirnos bien. Cuando buscamos información sobre su vida. Cuando imaginamos que algún día sufrirá lo mismo que nosotros. Cuando cada nueva relación se compara con aquella. Cuando seguimos discutiendo mentalmente conversaciones que terminaron hace meses o años.
Ahí quizá ya no estamos procesando lo que ocurrió.
Estamos manteniendo vivo el vínculo a través de una emoción negativa.
Y esto es algo que vemos con frecuencia: a veces creemos que hemos cerrado una historia porque hemos dejado de querer a alguien, cuando en realidad seguimos profundamente vinculados a ella a través del resentimiento.
Quizá sanar no sea pasar del amor al odio
Quizá el verdadero movimiento no sea ir de un extremo al otro.
Quizá sea pasar de la intensidad a la comprensión.
De necesitar respuestas a aceptar que algunas nunca llegarán.
De querer que la otra persona reconozca nuestro dolor a poder reconocerlo nosotros mismos.
De preguntarnos “¿cómo pudo hacerme esto?” a empezar a preguntarnos “¿qué necesito aprender de lo que viví?”.
Y, sobre todo, de necesitar que el otro cambie, se arrepienta o pague por lo que hizo a poder recuperar poco a poco el espacio mental que esa persona ocupaba en nuestra vida.
Porque quizá el final de una historia no llega cuando dejamos de sentir.
Llega cuando aquello que sentimos deja de dirigirnos.
Cuando podemos recordar sin volver a caer dentro.
Cuando podemos reconocer que hubo amor sin tener que negar el daño.
Cuando podemos aceptar que alguien fue importante y, al mismo tiempo, entender que ya no tiene por qué formar parte de nuestro presente.
Y quizá por eso “del amor al odio hay un paso” sea una frase tan popular.
No porque amor y odio sean exactamente lo mismo, sino porque ambos pueden estar unidos por algo mucho más sencillo y mucho más humano: la intensidad con la que alguien ha llegado a importarnos.
A veces, el verdadero final no es dejar de querer.
Es llegar a un punto en el que ya no necesitas querer ni odiar.
Simplemente, ya no necesitas sentir nada para poder seguir viviendo tu vida.
Referencias científicas
Zeki, S., & Romaya, J. P. (2008). Neural correlates of hate. PLOS ONE, 3(10), e3556. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0003556
Zeki, S., & Bartels, A. (2004). The neural correlates of romantic love. NeuroReport, 15(2), 195–198. https://doi.org/10.1097/00001756-200401190-00046
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Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria
Colegiada CV15735
Kairós Psicología
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