¿Por qué repetimos patrones que nos han hecho daño?

El otro día vi una película que me dejó bastante reflexiva. Se llama Cerrar el círculo y creo sinceramente que sería interesante que la vieran las personas que trabajamos en salud mental, profesores, educadores e incluso muchas familias.

Aunque la historia gira alrededor de una relación marcada por la violencia de género, la película habla en realidad de algo mucho más amplio y profundamente humano: los patrones familiares que se repiten de generación en generación y la dificultad que tenemos para romper aquello que nos hizo daño.

Mientras la veía, me encontré pensando en una pregunta que aparece constantemente en consulta:

¿Por qué repetimos patrones que nos han hecho daño?

¿Por qué personas que vieron sufrir a sus madres terminan a veces involucrándose en relaciones que también generan sufrimiento?

¿Por qué algunas personas acaban tolerando cosas que juraron que jamás aceptarían?

Y, sobre todo, ¿por qué resulta tan difícil romper determinados círculos incluso cuando somos conscientes del dolor que provocan?

El amor no suele empezar haciendo daño

Una de las cosas que la película muestra especialmente bien es que las relaciones destructivas rara vez comienzan siendo destructivas. Si lo hicieran, probablemente nadie se quedaría.

Las relaciones que terminan generando sufrimiento suelen empezar con ilusión, conexión, proyectos compartidos y momentos profundamente significativos. Precisamente por eso resulta tan difícil reconocer determinadas señales cuando aparecen por primera vez.

La persona no compara lo que está viviendo con una relación ideal. Lo compara con aquella versión de la relación que conoció al principio. Con la persona que parecía segura, cariñosa y disponible emocionalmente. Y muchas veces permanece esperando recuperar esa versión inicial, convencida de que sigue existiendo y de que, si hace las cosas bien, volverá a aparecer.

Por eso la pregunta nunca debería ser simplemente: «¿Por qué no se fue antes?»

La realidad psicológica es mucho más compleja.

La esperanza también puede atraparnos

Muchas personas que permanecen en relaciones dañinas no lo hacen porque no vean el problema. De hecho, con frecuencia lo ven perfectamente.

Saben que están sufriendo. Saben que algo no funciona. Saben que determinadas conductas no son aceptables. Lo que ocurre es que junto a ese conocimiento también existe esperanza.

Esperanza de que la otra persona cambie. Esperanza de que aquello haya sido algo puntual. Esperanza de recuperar la relación que existió al principio.

Y la esperanza puede ser una fuerza maravillosa cuando nos ayuda a seguir adelante. El problema aparece cuando nos mantiene demasiado tiempo esperando algo que nunca termina de llegar.

¿Por qué se heredan los patrones familiares?

Esta es, probablemente, la pregunta más importante de toda la película.

La respuesta corta es que aprendemos mucho antes de ser conscientes de que estamos aprendiendo.

No heredamos únicamente genes. También heredamos formas de relacionarnos, de gestionar el conflicto, de expresar afecto, de poner límites y de entender qué es normal dentro de una relación. En psicología hablamos a veces de patrones transgeneracionales para referirnos precisamente a esas formas de sentir, pensar y vincularnos que pasan de una generación a otra sin necesidad de que nadie las enseñe de manera explícita.

Durante la infancia observamos constantemente cómo se relacionan nuestros padres, cuidadores o las personas adultas que forman parte de nuestro entorno. Vemos cómo expresan afecto, cómo gestionan los desacuerdos, cómo ponen límites, cómo se reparan después de una discusión o cómo se hacen daño cuando no saben hacerlo mejor. Todas esas experiencias van construyendo un mapa emocional que utilizaremos durante años para interpretar el amor y los vínculos.

Eso no significa que estemos condenados a repetir nuestra historia familiar.

Significa que aquello que nos resulta familiar suele parecernos más normal de lo que imaginamos.

Y aquí aparece una de las grandes paradojas de la psicología humana: muchas veces nos sentimos atraídos por dinámicas que reconocemos, incluso cuando nos han hecho daño.

No porque queramos sufrir.

No porque seamos débiles.

No porque nos guste el dolor.

Sino porque el cerebro humano tiende a buscar familiaridad antes que bienestar.

La infancia no es una condena

La investigación sobre apego, trauma relacional y relaciones de pareja nos muestra que las experiencias tempranas influyen profundamente en la forma en que construimos nuestros vínculos adultos. No porque la infancia determine inevitablemente nuestro futuro, sino porque aquello que vivimos durante los primeros años suele convertirse en la base desde la que interpretamos la cercanía, el conflicto, la seguridad emocional o incluso el amor.

Nuestra historia importa. Importa porque influye en aquello que toleramos.

Importa porque influye en aquello que interpretamos como amor. Importa porque influye en las expectativas que construimos sobre las relaciones.

Pero influir no significa determinar. La infancia explica muchas cosas.

No decide nuestro destino.

Y esa es una diferencia fundamental.

Porque si algo transmite esta película es que los patrones aprendidos también pueden desaprenderse.

La pregunta correcta

Quizá la pregunta nunca fue:

«¿Por qué no se fue antes?», «¿Por qué aguantó tanto?»

Quizá la pregunta sea:

«¿Qué necesitaba para poder irse?»

Porque detrás de una relación marcada por el abuso emocional, la dependencia emocional o la violencia psicológica suelen existir factores que no siempre son visibles desde fuera: miedo, culpa, esperanza, hijos, economía, aislamiento, desgaste emocional o simplemente años de manipulación.

Cuando entendemos eso dejamos de juzgar tan rápido. Y empezamos a comprender mejor la complejidad del sufrimiento humano.

El verdadero significado de cerrar el círculo

Creo que el título de la película encierra una idea preciosa.

Cerrar el círculo no consiste necesariamente en ganar una batalla, convencer a alguien o conseguir que otra persona cambie.

A veces cerrar el círculo significa algo mucho más profundo.

Significa decidir que el dolor no va a seguir viajando de generación en generación.

Significa reconocer una herida sin convertirla en un destino.

Significa entender que aquello que vivimos puede explicarnos, pero no tiene por qué definirnos para siempre.

Y significa asumir que romper un patrón familiar puede ser una de las decisiones más difíciles, valientes y amorosas hacia sus hijos/as que una persona tome a lo largo de su vida.

Porque algunas veces amar no consiste en quedarse.

Algunas veces amar consiste en impedir que la historia vuelva a repetirse.


Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria
Kairós Psicología

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