Hay personas que llegan a terapia con una idea bastante concreta de lo que se van a encontrar.
Una mesa, dos sillas, una psicóloga que escucha en silencio, una libreta llena de anotaciones y, en algún momento, una frase brillante que consigue ordenarles la vida.
O quizá esperan que les diga exactamente qué tienen que hacer, cuánto tiempo van a necesitar o qué decisión deberían tomar.
Y luego está la realidad.
La terapia no funciona como una película, ni existe una fórmula que sirva para todo el mundo. Cada persona llega con una historia diferente, unas necesidades diferentes y un momento vital diferente.
Así que hoy quiero contarte ocho cosas que quizá crees que pasan en terapia y lo que realmente pasa, al menos en mi consulta.
1. “Voy a terapia y mi psicóloga me dice qué tengo que hacer”
(Lo que de verdad pasa: te ayudo a entender qué está ocurriendo y a tomar decisiones que puedas hacer tuyas.)
Esta es probablemente una de las ideas más extendidas sobre la terapia: llegar, contar el problema y que alguien te diga cuál es la solución.
No funciona así.
Mi trabajo no consiste en vivir tu vida por ti ni en darte una lista de instrucciones para que la cumplas. Consiste en ayudarte a comprender qué está ocurriendo, detectar aquello que quizá ahora mismo no puedes ver con claridad, explorar alternativas y acompañarte en el proceso de tomar decisiones.
Eso no significa que una psicóloga nunca pueda ser directiva. Hay situaciones en las que sería poco responsable quedarse simplemente en “¿tú qué crees?”. Cuando existe violencia de género, riesgo, situaciones graves o menores implicados, por ejemplo, la protección de la persona puede exigir una intervención mucho más clara y directa.
Porque acompañar no significa mirar hacia otro lado.
2. “En terapia voy a hablar de mi infancia durante meses”
(Lo que de verdad pasa: hablamos del pasado cuando necesitamos comprender algo que sigue ocurriendo en el presente.)
El pasado importa, pero no porque tengamos que reconstruir tu vida desde que naciste.
A veces necesitamos saber qué aprendiste, qué viviste, qué relaciones tuviste, qué cosas te hicieron daño o cómo empezaste a responder ante determinadas situaciones. Hablar de la infancia tiene sentido cuando nos ayuda a entender algo que hoy sigue influyendo en cómo piensas, sientes, decides o te relacionas.
Y otras veces el problema está mucho más localizado y podemos trabajar directamente sobre lo que está ocurriendo ahora.
No hay una obligación de excavar en tu pasado por sistema.
3. “¿Cuántas sesiones voy a necesitar?”
(Lo que de verdad pasa: no lo sé. Y nadie debería prometerte un número mágico.)
Esta es la pregunta del millón.
Y entiendo perfectamente que quieras saberlo. Si estás pagando una sesión, quieres saber cuánto tiempo vas a necesitar y cuánto te va a costar. Es completamente razonable.
Pero la terapia no funciona con una calculadora.
Cada persona es diferente, cada problema tiene unas características y cada proceso necesita un ritmo. No es lo mismo trabajar una dificultad muy concreta y principalmente conductual que abordar un trauma, un duelo complicado, una historia de violencia o patrones que llevan años instalados.
También importa el momento en el que se encuentra la persona, los recursos que tiene, cuánto puede implicarse en el proceso y, por supuesto, qué enfoque terapéutico se utiliza.
Hay herramientas muy potentes, como el EMDR en determinados problemas, pero la terapia no es magia. Yo puedo poner conocimiento, experiencia, herramientas y acompañamiento. Lo que no puedo hacer es obligarte a procesar algo antes de que estés preparada, ni decidir por ti cuánto necesitas sentir, comprender o elaborar.
Los ritmos también forman parte del proceso.
4. “La psicóloga se acordará absolutamente de todo lo que le he contado”
(Lo que de verdad pasa: me importas y presto atención, pero no soy un ordenador.)
Esta me la quiero tomar con cariño porque detrás hay algo muy importante: el vínculo terapéutico.
Yo me acuerdo de muchísimas cosas. De verdad. Hay pacientes de los que sé cómo se llaman sus tíos, sus primos, la secretaria de su madre y hasta el escolta. 😂
Pero también hay pacientes que vienen una vez al mes y, cuando llegan, necesitamos reconstruir todo lo que ha pasado desde la última sesión. Y ahí no sería razonable esperar que yo pudiera recordar cada detalle de cada conversación.
No es falta de interés.
La frecuencia de las sesiones influye, y también influye la cantidad de información que se comparte en cada encuentro. No es lo mismo ver a alguien cada semana que encontrarnos una vez al mes y pretender recuperar perfectamente todo lo ocurrido durante ese tiempo.
La terapia se construye también sobre lo que vamos recordando juntas/os, sobre lo que va cobrando importancia y sobre cómo va evolucionando la historia.
No soy un ordenador. Soy una persona.
Y creo que eso también forma parte de una relación terapéutica sana.
5. “La consulta será una mesa, dos sillas y yo enfrente de la psicóloga”
(Lo que de verdad pasa: en mi consulta hay un sofá, un sillón y bastante menos distancia.)
Esto es muy mío.
No llevo bata blanca.
Tampoco tengo una pared llena de títulos detrás de mí.
Y no porque no tenga formación o porque no considere importante que puedas saber quién te está atendiendo. Al contrario: mi formación, mi número de colegiada, mi trayectoria y la información sobre mi trabajo están disponibles en mi web y en mis perfiles profesionales.
Pero no necesito convertir la consulta en un escaparate de diplomas.
Y tampoco necesito una mesa entre tú y yo.
En mi consulta, yo me siento en un sillón y la persona que viene a terapia en un sofá. Porque para mí la relación que se establece dentro de esa habitación importa mucho más que la escenografía que la rodea.
6. “En terapia tienes que hablar de una determinada manera”
(Lo que de verdad pasa: puedes hablar como eres.)
Puedes hablar perfectamente.
Puedes decir palabrotas.
Puedes ser extremadamente correcta.
Puedes quedarte en blanco.
Puedes llorar.
Puedes reírte de algo.
Puedes decir “esto es una gilipollez” o explicarlo con palabras cuidadosamente escogidas.
No hay una forma correcta de hablar en terapia.
Yo, por supuesto, procuro adaptarme a cada persona y a su manera de comunicarse, porque la comunicación también forma parte del vínculo. Pero adaptarme no significa dejar de ser yo.
Y esto es importante: no puedo gustarle a todo el mundo, ni creo que deba intentarlo.
La autenticidad también forma parte de la relación terapéutica.
Lo que sí quiero que encuentres en mi consulta es un espacio seguro en el que puedas ser tú sin tener que interpretar un personaje para que yo te considere “una buena paciente”.
7. “Si estoy pagando terapia, la psicóloga tiene que solucionar mi problema”
(Lo que de verdad pasa: la terapia es un trabajo compartido.)
Yo puedo acompañarte, evaluar, formular hipótesis, enseñarte herramientas, proponerte ejercicios, ayudarte a mirar aquello que quizá estás evitando y utilizar las técnicas para las que estoy formada.
Pero no puedo hacer el proceso por ti.
La terapia no consiste en sentarte en un sofá mientras yo hago todo el trabajo. Hay una parte que ocurre dentro de la consulta y otra que ocurre en tu vida.
Por eso la implicación y la adherencia al tratamiento importan. No porque tengas que hacerlo todo perfecto, sino porque lo que trabajamos necesita poder trasladarse, poco a poco, a tu vida real.
8. “En terapia voy a ser juzgada/o”
(Lo que de verdad pasa: puedes contarme cosas que quizá nunca has contado a nadie.)
Muchas personas llegan a terapia pensando que deberían haberlo hecho mejor, haber reaccionado de otra manera, no haber permitido determinadas cosas, no haber vuelto con esa persona o no haber aguantado tanto.
Y entonces llegan con vergüenza.
Pero mi consulta no está para decidir si has sido una buena o una mala persona.
Está para intentar comprender qué te está pasando y qué podemos hacer con ello.
El Código Deontológico del Psicólogo recoge entre los principios que deben guiar el ejercicio profesional el respeto a la persona, la protección de los derechos humanos, la responsabilidad, la honestidad y la fundamentación objetiva y científica de las intervenciones.
Y, por encima de cualquier técnica, hay algo que para mí es fundamental: la persona que tengo delante es, en ese momento, lo más importante.
Mi trabajo consiste en poner mis conocimientos y mis herramientas al servicio de tu proceso, respetando tu autonomía y teniendo presente el objetivo de promover tu bienestar, tu salud y tu calidad de vida.
Eso es, para mí, cuidar el espacio terapéutico.
Porque quizá la terapia no se parece a lo que imaginabas
No hay magia.
No hay una frase que vaya a arreglarlo todo.
No hay un número universal de sesiones.
No tienes que sentarte perfectamente, hablar perfectamente ni contar las cosas de una determinada manera.
No necesitas impresionarme.
Y yo tampoco necesito parecer una psicóloga de anuncio.
Hay conocimiento, formación, técnicas, experiencia y evidencia científica. Pero también hay una persona delante de otra persona, intentando entender qué está ocurriendo y qué puede ayudar.
Y hay algo que para mí está por encima de todo lo demás: que cuando entres en mi consulta puedas sentir que, durante ese rato, puedes dejar de defenderte.
Porque ese espacio es tuyo.
Y yo estoy ahí para cuidarlo.
Si me necesitas, silba. ♥️💜♥️
Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria · CV15735
Kairós Psicología
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