Hay personas capaces de saber casi inmediatamente qué necesitan los demás. Perciben cuándo alguien está incómodo, cuándo conviene callarse, qué respuesta evitará un conflicto o qué esperan de ellas sus padres, sus hijos, su pareja, sus amigos o sus compañeros de trabajo. Han aprendido a observar, anticipar y adaptarse con tanta precisión que muchas veces los demás las consideran especialmente empáticas, responsables o generosas.
El problema aparece cuando alguien les hace una pregunta aparentemente sencilla:
«¿Y tú qué quieres?»
Y no saben qué responder.
No porque no tengan deseos ni porque sean personas indecisas, sino porque llevan demasiado tiempo tomando decisiones después de mirar a su alrededor. Antes de preguntarse qué quieren, piensan en cómo se sentirá su madre, si su padre lo entenderá, si sus hijos se enfadarán, si su pareja se sentirá abandonada, si sus amigos pensarán que han cambiado o si alguien interpretará su decisión como una falta de cariño.
Y solo después, si todavía queda espacio, se preguntan qué quieren ellos.
Cuando ser buena persona significa no molestar a nadie
Muchas personas han aprendido que ser buenas significa estar disponibles, ayudar, comprender, ceder, resolver problemas, no necesitar demasiado y evitar cualquier comportamiento que pueda provocar malestar en los demás.
Puede ser la hija que siempre está pendiente de sus padres. El hijo que se convierte en el hombre responsable de la familia y siente que debe resolver cualquier problema. La madre que lleva años ocupándose de todos y no sabe qué hacer con su tiempo cuando nadie la necesita. El padre que cree que tiene que ser fuerte, trabajar, proteger y solucionar, pero nunca mostrar cansancio, miedo o necesidad de apoyo.
Puede ser el hombre que aprendió que querer a su pareja significa aguantar, sostener económicamente a la familia y no hablar de lo que le ocurre. La mujer que se siente responsable del bienestar emocional de todos los que la rodean. El amigo que siempre escucha pero nunca cuenta sus problemas. La persona que contesta a cualquier hora porque teme que alguien pueda sentirse abandonado si no está disponible.
Desde fuera pueden parecer personas generosas, responsables y especialmente atentas a las necesidades de los demás.
Y probablemente lo sean.
El problema no está en cuidar.
El problema aparece cuando cuidar a los demás exige abandonarnos constantemente a nosotros mismos. Cuando decir que no produce una culpa insoportable, descansar mientras otra persona necesita algo parece egoísta, tomar una decisión que alguien no aprueba se vive casi como una traición o necesitamos que los demás estén bien con nuestras decisiones para sentir que tenemos derecho a tomarlas.
Entonces ya no estamos eligiendo únicamente desde nuestros valores, deseos o necesidades.
Estamos intentando evitar una emoción: la culpa de decepcionar a alguien.
Aprender muy pronto a estar pendiente de los demás
No nacemos pensando que somos responsables de cómo se sienten todas las personas que nos rodean. A veces aprendemos a vivir así.
Hay niños que descubren muy pronto que en casa conviene observar el ambiente antes de hablar. Que es mejor no dar problemas porque sus padres ya tienen demasiados. Que sacar buenas notas, comportarse bien, ayudar en casa o ser especialmente responsables genera tranquilidad y reconocimiento.
Otros aprenden que expresar enfado provoca conflictos, que decir que no puede interpretarse como falta de cariño o que determinadas decisiones son recibidas con silencios, reproches o decepción.
También hay niños que empiezan demasiado pronto a cuidar emocionalmente de sus padres. Escuchan problemas que no les corresponden, intentan evitar discusiones, protegen a uno de sus progenitores, cuidan de sus hermanos o sienten que deben ser maduros porque en casa ya hay suficientes dificultades.
Y hay chicos que aprenden muy pronto que un hombre no debe llorar, pedir ayuda ni mostrar miedo. Que ser un buen hijo significa no preocupar a sus padres y que convertirse en un buen padre o una buena pareja significa poder con todo, mantener económicamente a los demás y no necesitar nada a cambio.
No todas estas experiencias tienen que ser extremas ni ocurrir en familias claramente disfuncionales. A veces basta con haber aprendido repetidamente que recibimos más aprobación, reconocimiento o tranquilidad en nuestros vínculos cuando cumplimos determinadas expectativas.
Y así podemos llegar a la edad adulta siendo extraordinariamente buenos para detectar lo que otros necesitan y sorprendentemente torpes para reconocer lo que necesitamos nosotros.
Cuando poner un límite amenaza la idea que tenemos de nosotros mismos
Hay algo especialmente difícil de comprender cuando una persona empieza a poner límites.
Imaginemos que durante años hemos estado disponibles para todo el mundo. Hemos ayudado, cedido, cuidado, evitado conflictos y antepuesto las necesidades de otras personas a las nuestras.
Y durante todo ese tiempo hemos recibido mensajes que han ido construyendo nuestra identidad.
«Qué buena hija eres.»
«Siempre puedo contar contigo.»
«Eres un padre increíble.»
«Nunca fallas a tus amigos.»
«Qué suerte tiene tu pareja.»
«Tú eres quien mantiene unida a esta familia.»
Poco a poco no solo aprendemos una forma de comportarnos.
Aprendemos quiénes creemos que somos.
Somos la buena hija.
El buen hijo.
La buena madre.
El buen padre.
La pareja que nunca abandona.
El amigo que siempre está.
La persona que puede con todo.
Y entonces, un día, intentamos hacer algo diferente.
Decimos que no.
No acudimos inmediatamente a resolver un problema.
Pedimos ayuda.
Dejamos que otra persona se enfade.
Decidimos no asumir una responsabilidad que no nos corresponde.
Ponemos un límite.
Racionalmente podemos saber que estamos haciendo algo legítimo. Incluso podemos haber trabajado durante meses para aprender a hacerlo.
Pero a un nivel mucho más profundo ocurre algo diferente.
Si durante años hemos aprendido que hacer A y B significa ser una buena hija, un buen padre, una buena amiga o una buena pareja, cuando empezamos a hacer C o D nuestro cerebro no interpreta simplemente que estamos modificando una conducta.
Puede interpretar que estamos dejando de ser buenas personas.
Si antes estaba siempre disponible y ahora digo que no, quizá soy egoísta.
Dejar que mis hijos afronten las consecuencias de sus decisiones, después de años resolviendo sus problemas, puede hacerme sentir un mal padre.
Decirle a un amigo que hoy no puedo escucharlo, cuando siempre he estado disponible, puede hacerme pensar que soy una mala amiga.
Y si he aguantado durante años para mantener unida a mi familia y ahora decido marcharme, quizá sienta que estoy fallando como pareja.
Por eso poner límites puede provocar tanta culpa, ansiedad y miedo.
Porque no siempre sentimos que estamos cambiando una conducta. A veces sentimos que estamos traicionando la persona que hemos aprendido que debíamos ser para merecer cariño, reconocimiento o pertenencia.
Y nuestro cerebro prefiere muchas veces una identidad conocida, aunque nos haga daño, antes que adentrarse en la incertidumbre de descubrir quiénes somos cuando dejamos de cumplir las expectativas de los demás.
«No quiero que se preocupen»
Esta frase parece hablar de amor y muchas veces lo hace. Pero también puede esconder una enorme renuncia.
No contamos que estamos mal para no preocupar a nuestros padres. No hablamos de nuestras dificultades económicas o emocionales porque creemos que un padre debe proteger a sus hijos y no cargarles con sus problemas. Seguimos resolviendo la vida de hijos adultos porque sentimos que dejar de hacerlo sería abandonarlos.
No decimos que estamos agotados para no preocupar a nuestra pareja. Seguimos disponibles para amigos a los que queremos aunque no tengamos fuerzas para escuchar un problema más. Aceptamos responsabilidades en el trabajo porque sabemos que, si decimos que no, alguien tendrá que asumirlas.
Mantenemos costumbres familiares que ya no queremos sostener porque cambiar significaría enfrentarnos a preguntas, críticas o reproches.
Y poco a poco podemos ir construyendo una vida en la que casi todo el mundo tiene un lugar.
Excepto nosotros.
Porque vivir intentando que nadie se preocupe, se enfade o se decepcione tiene un problema: es imposible conseguirlo.
Podemos hacer todo «bien» y aun así alguien puede sentirse decepcionado. Aunque expliquemos cuidadosamente nuestras decisiones, habrá quien no las comprenda. Un límite razonable puede ser interpretado como egoísmo. Y cuando cambiamos, algunas personas pueden preferir la versión de nosotros que siempre estaba disponible. Normal…
La culpa no siempre significa que estamos haciendo algo «malo»
Este es uno de los mayores obstáculos cuando una persona empieza a vivir de otra manera.
Aparece la culpa después de decir que no, de no contestar inmediatamente, de elegir pasar unas vacaciones diferentes, de dejar de acudir a todas las reuniones familiares, de pedir ayuda o de no resolver un problema que, en realidad, nunca fue responsabilidad nuestra.
Y entonces pensamos que quizá estamos siendo egoístas, que antes no éramos así, que hemos hecho daño a alguien o que podríamos haber hecho un esfuerzo más.
Pero sentir culpa no demuestra necesariamente que hayamos hecho algo «malo».
A veces significa que estamos haciendo algo nuevo.
Algo que contradice el papel que hemos ocupado durante años y la identidad que hemos construido alrededor de ese papel.
Si siempre hemos sido quienes cedían, dejar de hacerlo puede hacernos sentir crueles. Después de años estando disponibles, proteger nuestro tiempo puede parecernos egoísta. Un padre acostumbrado a solucionar todos los problemas de sus hijos puede sentir que está fallando cuando permite que se equivoquen y afronten las consecuencias de sus decisiones.
Y cuando hemos aprendido que querer a alguien significa evitarle cualquier malestar, permitir que se decepcione con una decisión nuestra puede resultar profundamente incómodo.
El problema es que, si esperamos a dejar de sentir culpa para empezar a vivir de acuerdo con lo que necesitamos, quizá nunca empecemos.
¿Hacer las cosas bien o mal para quién?
Pero quizá también deberíamos preguntarnos qué significa exactamente «hacer las cosas bien».
¿Bien para quién?
Porque muchas personas han aprendido que hacer las cosas bien significa no molestar, decir que sí, estar disponibles, evitar conflictos, callarse cuando alguien les habla mal para no empeorar la situación o aceptar responsabilidades que no les corresponden.
Desde ese lugar, poner un límite puede parecer «hacer las cosas mal». Responder ante una falta de respeto puede hacernos sentir conflictivos. Decir que no queremos hacer algo puede parecernos egoísta. Dejar que alguien afronte las consecuencias de sus propias decisiones puede hacernos sentir crueles.
Pero quizá el problema está precisamente ahí: hemos confundido durante demasiado tiempo ser una buena persona con ser una persona cómoda para los demás.
Y no es lo mismo.
Ser considerado no significa obedecer. Ser generoso no significa estar siempre disponible. Ser un buen padre no significa evitar cualquier frustración a nuestros hijos. Ser una buena hija no significa aceptar cualquier comportamiento de nuestros padres. Ser una buena pareja o un buen amigo tampoco significa callarnos ante una falta de respeto para conservar la relación.
Por eso, cuando aparece la culpa, quizá la pregunta no debería ser únicamente «¿estoy haciendo algo malo?».
También podríamos preguntarnos:
«¿Estoy haciendo algo contrario a mis valores o simplemente algo que otra persona preferiría que no hiciera?»
El miedo no es solo perder a los demás
A veces creemos que las personas no ponen límites únicamente porque temen que los demás se enfaden o se alejen.
Pero hay algo más profundo.
Cuando llevamos muchos años construyendo nuestra identidad alrededor de ser responsables, disponibles, fuertes, buenos padres, buenas madres, parejas incondicionales o personas necesarias, dejar de ocupar ese lugar puede provocar una pregunta inquietante:
«Si dejo de hacer todo esto por los demás, ¿quién soy?»
Quizá hemos recibido reconocimiento por ser quienes resolvían los problemas, por no necesitar ayuda, por estar siempre disponibles, por ser el hijo que nunca daba disgustos, el padre que podía con todo, la madre que siempre se sacrificaba, el hombre que nunca mostraba debilidad, la amiga que contestaba a cualquier hora o la persona que comprendía incluso aquello que le hacía daño.
Cambiar no significa únicamente aprender a decir que no.
Significa descubrir quiénes somos cuando dejamos de construir nuestra identidad alrededor de las necesidades y expectativas ajenas.
Algunas personas se decepcionarán cuando empecemos a cambiar
Esto también es importante decirlo.
No todo el mundo celebrará nuestros límites.
Habrá personas que nos digan que hemos cambiado, que antes éramos más generosos, más atentos, más disponibles o más fáciles.
Y quizá tengan razón.
Hemos cambiado.
Cuando dejamos de adaptarnos constantemente, algunas relaciones también tienen que reorganizarse. Las personas acostumbradas a nuestra disponibilidad tendrán que aceptar que ahora tenemos límites. Los hijos acostumbrados a que sus padres resuelvan todos sus problemas tendrán que asumir responsabilidades. Los padres acostumbrados a participar en todas las decisiones de sus hijos adultos tendrán que aceptar que estos pueden construir una vida diferente de la que imaginaron para ellos.
Las parejas tendrán que aprender que amar no significa estar siempre de acuerdo, renunciar a nuestras necesidades o evitar cualquier conflicto. Los amigos tendrán que comprender que el cariño no se mide por nuestra disponibilidad permanente.
Y quienes solo estaban cómodos mientras nosotros ocupábamos un determinado lugar quizá se alejen.
Eso puede doler.
Pero una relación que necesita que nos abandonemos para poder mantenerse no es una relación que esté cuidando de todas las personas que forman parte de ella.
Recuperar una pregunta que dejamos de hacernos
Después de muchos años viviendo pendientes de las expectativas ajenas, saber qué queremos no siempre resulta fácil. Podemos sentirnos perdidos, dudar de nuestras decisiones o buscar constantemente la aprobación de alguien.
Por eso quizá no tengamos que empezar tomando decisiones enormes.
Podemos empezar recuperando preguntas pequeñas.
¿Qué necesito hoy?
¿Qué haría si no tuviera que justificarlo?
¿Estoy diciendo que sí porque quiero o porque me da miedo decir que no?
¿Ayudo porque he elegido hacerlo o porque sentiría culpa si no lo hiciera?
¿La decisión que estoy tomando representa la clase de padre, madre, hijo, pareja, amigo o persona que quiero ser, o nace del miedo a dejar de cumplir las expectativas que otros han construido sobre mí?
¿Esta decisión se parece a la vida que quiero construir o a la vida que los demás esperan que viva?
Y quizá, al principio, no sepamos responder.
Después de pasar años escuchando a todo el mundo, necesitamos tiempo para volver a reconocernos.
Porque aprender a tener en cuenta nuestros deseos no significa dejar de querer a los demás.
Significa empezar a incluirnos entre las personas a las que también tenemos la responsabilidad de cuidar.
El verdadero precio
Habrá momentos en los que elegir nuestra vida decepcione a alguien.
Un padre puede no comprender una decisión de su hijo adulto. Un hijo puede enfadarse con un límite de sus padres. Una pareja puede sentirse incómoda cuando la otra persona deja de ceder. Un amigo puede esperar una disponibilidad que ya no podemos ofrecer.
Alguien puede preferir la versión de nosotros que nunca decía que no.
No podemos construir una vida auténtica garantizando que todas las personas que queremos estén de acuerdo con cada una de nuestras decisiones.
Y quizá decepcionar a algunas personas no sea el precio de empezar a vivir nuestra vida.
Quizá el verdadero precio sea seguir viviendo una vida que nunca terminamos de elegir.
💜♥️💜
«Si me necesitas, silba«
Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria
Kairós Psicología
Comentarios recientes