Hay personas que, después de varias relaciones dolorosas, llegan a una conclusión aparentemente lógica: tienen mala suerte en el amor.

Cambian los nombres, cambian las historias y, a veces, incluso cambia por completo el tipo de persona que tienen delante. Sin embargo, con el tiempo aparece una sensación difícil de ignorar. De una forma u otra, terminan sintiéndose igual.

Vuelven a esperar mensajes que no llegan. A justificar comportamientos que les hacen daño. A esforzarse por mantener relaciones que cada vez les devuelven menos. A sentirse inseguras, confundidas o pendientes de alguien que nunca parece estar disponible del todo.

Y entonces aparece la pregunta.

¿Por qué siempre termino en el mismo lugar?

La respuesta no suele estar en la mala suerte.

Tampoco significa que elijamos conscientemente a personas que van a hacernos daño.

Muchas veces, repetir patrones de pareja tiene que ver con algo mucho más profundo: tendemos a sentirnos atraídos por dinámicas emocionales que, de alguna manera, nos resultan conocidas.

Y lo conocido tiene una enorme capacidad para parecernos seguro, incluso cuando no lo es.

No siempre nos enamoramos de lo que nos hace bien

Nos gusta pensar que elegimos pareja de una forma completamente consciente.

Conocemos a alguien, observamos cómo es, valoramos si nos conviene y decidimos si queremos iniciar una relación.

Pero los vínculos afectivos rara vez funcionan de una manera tan ordenada.

Antes de que podamos explicar racionalmente por qué alguien nos atrae, nuestro sistema emocional ya ha empezado a responder.

Hay personas que despiertan curiosidad.

Otras nos generan tranquilidad.

Y algunas provocan una intensidad difícil de explicar.

Sentimos química, deseo, necesidad de saber más. Pensamos constantemente en ellas. Interpretamos esa activación emocional como una señal de que está ocurriendo algo especial.

Sin embargo, sentir mucho no significa necesariamente estar construyendo algo sano.

A veces, aquello que llamamos química también contiene incertidumbre, miedo al rechazo, necesidad de aprobación o una sensación constante de tener que conseguir que el otro nos elija.

Y precisamente por eso resulta tan difícil verlo. Porque no sentimos que estamos entrando en un patrón.

Sentimos que nos estamos enamorando.

Lo familiar puede parecernos más atractivo que lo saludable

Nuestra forma de relacionarnos no empieza con nuestra primera pareja.

Mucho antes de tener una relación amorosa ya hemos aprendido algunas cosas sobre los vínculos. Aprendemos qué tenemos que hacer para recibir atención.

Qué ocurre cuando expresamos una necesidad. Si podemos confiar en que alguien estará disponible cuando lo necesitemos. Si el cariño es estable o aparece y desaparece. Si debemos adaptarnos, cuidar, agradar o esforzarnos para sentir que merecemos ser queridos.

Estas experiencias no determinan inevitablemente nuestras relaciones adultas, pero sí pueden influir en aquello que nuestro sistema emocional reconoce como familiar.

Por eso una persona que ha aprendido a vivir el afecto desde la incertidumbre puede sentirse especialmente atraída por alguien emocionalmente poco disponible.

Una persona acostumbrada a cuidar de los demás puede terminar vinculándose repetidamente con personas que necesitan ser rescatadas.

Y alguien que aprendió que para ser querido debía esforzarse constantemente puede confundir la lucha por conseguir amor con el amor mismo.

Desde fuera parece incomprensible. Desde dentro, sin embargo, existe una coherencia.

No estamos buscando sufrir. Estamos intentando encontrar un desenlace diferente para una historia que ya conocemos.

Cambian las personas, pero nosotros seguimos ocupando el mismo lugar

Este es uno de los aspectos más difíciles de reconocer cuando empezamos a repetir las mismas dinámicas en nuestras relaciones.

Porque las personas pueden ser completamente distintas.

Una pareja puede ser fría y distante.

Otra puede ser intensa, celosa y controladora.

Otra puede necesitarnos constantemente, pero ser incapaz de cuidarnos cuando somos nosotros quienes necesitamos apoyo.

Aparentemente, no tienen nada que ver. Sin embargo, quizá nosotros seguimos ocupando el mismo lugar en todas esas relaciones.

El lugar de quien espera.

De quien comprende.

De quien justifica.

De quien se adapta.

De quien intenta reparar constantemente el vínculo.

De quien detecta muy pronto que algo no funciona, pero decide quedarse un poco más para comprobar si las cosas cambian.

Por eso, para identificar un patrón, no basta con preguntarnos:

«¿Qué tienen en común mis exparejas?»

A veces la pregunta más importante es otra:

«¿Quién termino siendo yo cuando estoy en una relación?»

Porque el patrón no siempre está en las personas que elegimos. También puede estar en el lugar que aprendimos a ocupar junto a ellas.

Las señales suelen aparecer mucho antes de lo que queremos reconocer

Cuando una relación termina mal, tendemos a reconstruir la historia desde el final. Pensamos que la otra persona cambió.

Que al principio todo era diferente. Que era imposible saber lo que iba a ocurrir.

Y, por supuesto, hay situaciones en las que determinados comportamientos aparecen con el tiempo y resultan muy difíciles de anticipar.

Pero en muchas otras, las primeras señales estaban ahí.

Quizá no parecían suficientemente graves como para marcharnos. Pero sí nos incomodaban.

Una broma que nos hizo sentir pequeños.

Una desaparición que justificamos.

Una reacción desproporcionada ante un límite.

La sensación de estar esforzándonos demasiado pronto para mantener el interés de alguien.

La necesidad de demostrar constantemente que merecíamos un lugar en su vida.

Lo importante no es culpabilizarnos por no haberlo visto antes. Lo importante es preguntarnos qué hicimos cuando empezamos a verlo.

Porque muchas veces el patrón no consiste únicamente en elegir a determinadas personas. Consiste en aprender a ignorarnos para poder permanecer con ellas.

Y quizá una de las preguntas más incómodas, pero también más útiles, sea esta:

¿Cuántas veces llamamos mala suerte a aquello que, en realidad, llevamos tiempo tolerando? 

Reconocer un patrón no significa culpabilizarnos por haberlo repetido.

Significa empezar a observar aquello que antes ocurría de forma automática. Aprender a escuchar la incomodidad antes, a reconocer el lugar que ocupamos en nuestros vínculos y a preguntarnos si estamos eligiendo desde el deseo o intentando resolver, una vez más, una historia conocida.

Porque romper un patrón no empieza cuando encontramos a la persona adecuada.

Empieza cuando dejamos de abandonarnos para conseguir que alguien se quede.

💜♥️💜

«Si me necesitas, silba»

Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria
Kairós Psicología