Las heridas explican muchas cosas. No las justifican todas.
La psicología (junto con la tecnología…) ha ayudado a comprender mejor el comportamiento humano. Pero a veces hay un poco de lío, la verdad.
Se sabe más sobre trauma, apego, regulación emocional y heridas de infancia que nunca antes. Se entiende mejor por qué algunas personas reaccionan con miedo, por qué otras se aíslan cuando sufren o por qué ciertos patrones se repiten una y otra vez en las relaciones. Y eso es una buena noticia.Porque comprender el sufrimiento humano suele ser el primer paso para aliviarlo.
Sin embargo, en los últimos años ha aparecido una tendencia que me preocupa. Una versión muy popular de la psicología que repite ideas como:
«Todo depende del punto de vista del que se mire»
«Todos pueden tener su parte de razón»
«Todo tiene que ver con mi pasado»
«Todo es según, según»
Y hasta cierto punto es verdad. Pero solo hasta cierto punto. Eso son frases que se leen y que muchas veces se hacen como «verdad absoluta»…
Porque cuando llevamos estas ideas al extremo corremos el riesgo de caer en una especie de relativismo emocional donde parece que ya no existen los límites, las consecuencias ni la responsabilidad personal.
Como si cualquier comportamiento pudiera explicarse hasta el punto de quedar justificado. Y no es lo mismo explicar que justificar. Yo te puedo entender, pero no te justifico, es que es muy diferente.
Diferencia entre comprender y justificar
Entender significa intentar comprender por qué una persona actúa de una determinada manera. Meterme dentro de esa persona y decir, sí, entiendo que esté así.
Justificar significa concluir que, debido a esas circunstancias, su comportamiento resulta aceptable o inevitable. La diferencia parece pequeña.
No lo es.
Puedo comprender perfectamente que una persona tenga miedo al abandono debido a experiencias dolorosas vividas durante su infancia. La investigación en teoría del apego (muy de moda ahora…) muestra que nuestras primeras relaciones influyen en la forma en que percibimos la cercanía, la distancia y la seguridad emocional en la vida adulta.
Eso explica muchas cosas.
Pero no convierte los celos, el control o la vigilancia constante de la pareja en conductas saludables.
Puedo comprender que alguien haya crecido en una familia donde nunca se hablaba de emociones. Eso puede explicar por qué le cuesta expresar afecto o conectar con su propio mundo emocional. Pero no convierte la indiferencia en una forma adecuada de querer.
Puedo comprender que una persona arrastre heridas profundas, traumas o experiencias de rechazo. Pero las heridas no eliminan el impacto que sus conductas tienen sobre quienes la rodean.
Lo que dice la evidencia
La psicología contemporánea ha demostrado algo importante: nuestras experiencias influyen en nuestro comportamiento. Pero influir no significa determinar por completo. Las personas no somos marionetas de nuestra infancia.
Los estudios sobre resiliencia, regulación emocional y cambio terapéutico muestran precisamente lo contrario: que los seres humanos conservamos capacidad de elección, aprendizaje y responsabilidad incluso cuando arrastramos historias difíciles.
La infancia importa.
Las heridas importan, por supuesto.
El contexto importa, claro que sí.
Pero también importa lo que hacemos con todo ello. Porque si no se hace nada, ya pasa a ser la responsabilidad de quien eso, de quien se queda estático sin querer avanzar en el proceso.
De hecho, uno de los objetivos centrales de cualquier proceso terapéutico saludable consiste precisamente en aumentar la capacidad de responder de manera diferente a aquello que nos ocurrió. No para negar el pasado. Sino para dejar de quedar atrapados en él.
Peligroso el uso de la psicología como excusa
A veces observo algo curioso.
Personas que conocen perfectamente el origen de sus dificultades emocionales. Saben por qué reaccionan así.
Saben qué les ocurrió. Saben qué heridas arrastran. Y, sin embargo, utilizan ese conocimiento para evitar cuestionar sus conductas.
La explicación se convierte en refugio. La comprensión se convierte en excusa.
La herida se convierte en coartada. Y entonces el crecimiento se detiene.
Porque conocer el origen de un comportamiento no lo transforma automáticamente.
Entender por qué hacemos algo no sustituye la responsabilidad de revisar si queremos seguir haciéndolo.
Hay cosas complejas. Y hay cosas sencillas.
Las relaciones humanas son complejas.
Las historias personales son complejas.
Las emociones son complejas.
Pero algunas consecuencias son bastante sencillas.
Dar un corte brusco a alguien que quieres suele hacer daño.
No escuchar suele hacer daño.
Manipular suele hacer daño.
Castigar con silencio o distancia suele hacer daño.
Y el hecho de que exista una explicación para esas conductas no elimina sus efectos.
Comprender el motivo por el que alguien te ha herido puede ayudarte a elaborar lo ocurrido. Pero no cambia el hecho de que te ha herido.
Donde empieza el crecimiento
Las personas emocionalmente más seguras que he conocido rara vez dicen:
«Todo depende.»
Más bien suelen decir algo diferente.
Dicen:
«Entiendo por qué hice esto.»
Y después añaden:
«Y aun así no estuvo bien.»
Ahí suele empezar el crecimiento.
No cuando encontramos una explicación perfecta para todo.
Sino cuando somos capaces de mirar nuestras conductas con honestidad y asumir la parte que nos corresponde.
Sin culpa excesiva.
Sin castigos.
Pero también sin excusas.
El amor también necesita responsabilidad
Comprender a alguien puede ser un acto de amor. Intentar entender su historia, sus miedos y sus heridas puede acercarnos profundamente a esa persona.
Pero a veces el acto de amor más importante consiste en no utilizar esa comprensión para justificar aquello que nos hace daño.
Porque la empatía no exige permisividad.
La compasión no exige tolerarlo todo.
Y el conocimiento psicológico no debería servir para diluir la responsabilidad personal.
Las heridas explican muchas cosas.
Pero no las justifican todas.
Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria | Kairos Psicología
📞 611 193 187
Si me necesitas, silba. 💜♥️💜
Comentarios recientes