Hoy quiero explorar en un tema, o. concepto que también está muy de moda y que algunas veces se usa un poco a la ligera: el trauma.
Hay cosas que nos pasan y, con el tiempo, conseguimos recordar. Y hay otras que, aunque hayan ocurrido hace años, parecen seguir ocurriendo de alguna manera dentro de nosotros.
No porque no queramos pasar página, ni porque seamos débiles. Tampoco porque nos guste darle vueltas al pasado. Sino porque algunas experiencias dejan una huella que no desaparece simplemente porque haya pasado el tiempo.
Y quizá una de las cosas más importantes que podemos entender cuando hablamos de trauma es precisamente esta: que haber sobrevivido a algo no significa necesariamente haberlo elaborado.
¿Qué es realmente un trauma?
La palabra trauma se utiliza muchísimo. A veces incluso para referirnos a experiencias dolorosas que, aunque importantes, no necesariamente constituyen un acontecimiento traumático en sentido clínico.
En psicología, hablamos de experiencias traumáticas cuando una persona se enfrenta a acontecimientos que pueden resultar extremadamente amenazantes, aterradores o abrumadores para su integridad física o psicológica. Pueden ser acontecimientos únicos, pero también pueden repetirse durante meses o años.
Un accidente grave. Una agresión sexual. Maltrato. Abuso en la infancia. Violencia de pareja. Una experiencia de guerra, una amenaza de muerte, una situación médica extremadamente grave o una catástrofe.
Pero también hay algo importante: no todas las personas que viven una experiencia potencialmente traumática desarrollan un trastorno psicológico. Podemos sufrir después de algo terrible y, con apoyo, seguridad y tiempo, recuperarnos.
El problema aparece cuando aquello que ocurrió deja de pertenecer únicamente al pasado y empieza a organizar, de forma persistente, nuestra manera de vivir el presente.
Ahí es donde merece la pena detenernos.
¿Cómo sabemos que algo todavía nos está afectando?
A veces es bastante evidente.
Tienes pesadillas. Aparecen recuerdos que no quieres tener. Una imagen, un olor, una canción, un lugar o una conversación te activa de repente. Tu cuerpo reacciona antes incluso de que puedas explicar qué ha pasado: corazón acelerado, tensión, miedo, bloqueo, sobresalto, sensación de peligro.
O quizá ocurre algo todavía más intenso: durante unos instantes sientes que estás allí otra vez.
Eso puede suceder en forma de recuerdos intrusivos, pesadillas o flashbacks.
La evitación también nos habla
Pero hay otra parte del trauma mucho menos visible. Y, para mí, esta parte es especialmente importante.
Porque no siempre vas a pensar en lo que ocurrió. A veces simplemente has aprendido a evitar todo aquello que pueda acercarte demasiado a esa experiencia.
Si sufriste una agresión sexual, quizá te cuesta mantener relaciones sexuales, estar a solas con determinadas personas o encontrarte en situaciones que te hagan sentir vulnerable.
Después de una relación violenta, quizá necesitas controlar constantemente dónde está la otra persona, interpretar cualquier cambio de tono como una amenaza o te resulta prácticamente imposible relajarte dentro de una relación.
Si sufriste acoso, quizá evitas determinados grupos, situaciones sociales o lugares donde podrías volver a sentirte expuesta.
Y si el trauma ocurrió en la infancia, quizá no exista un recuerdo concreto que aparezca cada noche. Puede manifestarse de otras maneras: dificultad para confiar, miedo al abandono, problemas para poner límites, necesidad de agradar, dificultad para identificar lo que necesitas o una sensación persistente de que algo malo puede ocurrir.
Y aquí aparece una de las trampas del trauma:
puedes haber aprendido a organizar tu vida alrededor de aquello que intentas evitar.
Desde fuera quizá parezca simplemente que eres prudente, que eres desconfiada, que tienes problemas para intimar, que necesitas controlarlo todo o que “te cuesta decir que no”.
Pero a veces detrás de esas conductas hay una historia que todavía no ha encontrado un lugar seguro desde el que poder ser procesada.
Y luego está lo que no se ve
Hay heridas traumáticas que no aparecen en una conversación sobre síntomas. Se meten mucho más adentro.
En la imagen que tienes de ti misma, en lo que crees que mereces, en la manera en la que interpretas lo que hacen los demás, en lo que esperas de una relación, en lo que permites, en lo que callas.
Después de determinadas experiencias, una persona puede empezar a construir conclusiones sobre sí misma que parecen hechos, pero son aprendizajes.
“No soy suficiente.”
“Algo debe estar mal en mí.”
“No puedo confiar en nadie.”
“Si pongo límites, me abandonarán.”
“Si digo que no, dejarán de quererme.”
“Es mejor no molestar.”
“Lo que necesito no importa demasiado.”
“Yo tengo la culpa.”
Y esas creencias no siempre aparecen como pensamientos conscientes.
Cuando una herida se convierte en una forma de relacionarte
A veces el trauma se convierte directamente en comportamiento.
No poner límites, elegir repetidamente relaciones en las que se recibe poco, tolerar situaciones que hacen daño, necesitar aprobación constante, desconfiar incluso cuando no existe una amenaza real, desconectarse emocionalmente, tener dificultades para pedir ayuda.
O convertirse en una persona extraordinariamente autosuficiente porque depender de alguien alguna vez significó estar en peligro.
Por eso trabajar un trauma no consiste solamente en conseguir que desaparezca una pesadilla.
También puede significar poder construir una relación diferente con una misma.
Cuando el pasado empieza a dirigir el presente
Lo que un día te protegió puede limitarte
Una de las cosas que más me interesa que entendamos es que muchas de nuestras respuestas actuales pueden haber tenido sentido en algún momento.
La hipervigilancia pudo ayudarte a detectar peligro. La evitación pudo ayudarte a mantenerte a salvo. El silencio pudo protegerte. Complacer a los demás pudo reducir conflictos. No confiar en nadie pudo parecer la opción más segura. Controlarlo todo pudo darte una sensación de estabilidad cuando alrededor no la había.
El problema es que una estrategia que fue útil para sobrevivir puede dejar de ser útil cuando el peligro ya no está.
Y entonces aquello que antes te protegía puede empezar a limitarte.
No porque estés haciendo algo mal.
Sino porque tu sistema sigue respondiendo como si necesitara protegerte de algo que ocurrió hace mucho tiempo.
¿Y qué ocurre si no se trabaja?
No significa que inevitablemente vaya a aparecer un trastorno ni que toda persona traumatizada necesite tratamiento.
Pero cuando los síntomas traumáticos persisten pueden interferir de manera importante en la vida cotidiana, las relaciones, el trabajo, el sueño y el bienestar emocional.
Además, la evitación puede mantener el problema: cuanto más intentamos no sentir, no recordar o no acercarnos a aquello que nos activa, más pequeña puede ir haciéndose nuestra vida.
Y en algunas personas, especialmente cuando hablamos de experiencias repetidas o prolongadas, el impacto puede extenderse a la regulación emocional, la percepción de uno mismo y las relaciones con los demás.
La investigación sobre TEPT complejo describe precisamente estas dimensiones: además de revivir, evitar y permanecer en alerta, pueden aparecer dificultades persistentes para regular las emociones, una percepción negativa de uno mismo y problemas en las relaciones.
Eso no significa que todo problema de autoestima, de pareja o de límites sea consecuencia de un trauma.
Pero sí significa que, cuando existe una historia traumática detrás, merece la pena mirar la conexión.
Entonces, ¿cómo se trabaja un trauma?
No existe una única terapia válida para todas las personas ni todos los traumas se trabajan exactamente de la misma manera.
La intervención depende de la historia, los síntomas, la situación actual, los recursos de la persona y aquello que necesita.
Las terapias cognitivo-conductuales centradas en el trauma cuentan con una sólida base de evidencia. Dentro de ellas encontramos diferentes tratamientos, como la terapia cognitiva para el TEPT, la terapia de procesamiento cognitivo, la exposición prolongada o la terapia de exposición narrativa.
También existen otros enfoques psicológicos que pueden ser útiles dependiendo del caso y de los objetivos terapéuticos.
Porque trabajar un trauma no significa sentar a una persona delante de su peor recuerdo y decirle: “cuéntamelo todo”.
Antes de procesar determinadas experiencias puede ser necesario construir seguridad, comprender lo que está ocurriendo, aprender a reconocer y regular la activación, identificar patrones de evitación y disponer de recursos suficientes para afrontar el proceso.
Las guías clínicas actuales insisten precisamente en una intervención estructurada, realizada por profesionales formados y adaptada a las necesidades de cada persona.
¿Y dónde entra el EMDR?
Aquí es donde quiero detenerme un poco.
Porque EMDR no significa simplemente “mover los ojos mientras cuentas algo”.
Es una psicoterapia estructurada que utiliza estimulación bilateral dentro de un protocolo terapéutico más amplio y que incluye evaluación, preparación, identificación de objetivos, procesamiento y reevaluación.
Y esto es importante porque no se trata de borrar un recuerdo.
El objetivo no es que olvides lo que ocurrió.
Lo que ocurrió forma parte de tu historia.
El objetivo es que puedas recordarlo sin que tu cuerpo y tu mente tengan que reaccionar como si estuviera ocurriendo ahora mismo.
Que el recuerdo deje de tener la misma intensidad.
Que puedas pensar en aquello sin quedarte atrapada en aquello.
Y que determinadas situaciones dejen de activar una respuesta de peligro desproporcionada.
Y que las conclusiones que quedaron asociadas a aquella experiencia puedan ser revisadas.
Porque quizá durante mucho tiempo pensaste:
“Fue culpa mía.”
“No pude hacer nada.”
“Yo no valgo.”
“No estoy segura y no puedo confiar.”
“Tampoco tengo derecho a decir que no.”
Y quizá hoy puedas empezar a construir algo diferente:
“Lo que ocurrió no define quién soy.”
“Ahora tengo recursos que entonces no tenía.”
“Puedo protegerme.”
“Puedo poner límites.”
“Y puedo elegir.”
“Estoy aquí y aquello ya pasó.”
Qué dice la evidencia sobre el EMDR
La evidencia científica respalda el uso del EMDR para el TEPT, aunque eso no significa que sea la única opción ni que sea automáticamente la mejor intervención para cualquier persona o cualquier experiencia traumática. La OMS lo incluye entre las intervenciones psicológicas con mayor respaldo para el TEPT, NICE recomienda EMDR en adultos con TEPT bajo determinadas condiciones y la guía de la APA de 2025 lo contempla entre las intervenciones para este trastorno.
Una revisión y metaanálisis reciente de ensayos clínicos encontró que el EMDR reducía significativamente los síntomas de TEPT frente a condiciones de control, aunque las diferencias fueron menores cuando se comparó con otras intervenciones psicológicas activas. Y eso también es importante decirlo: la evidencia no necesita convertir una terapia en milagro para reconocer que funciona.
Sanar no significa que nunca vuelva a doler
A veces pensamos que haber superado algo significa poder hablar de ello sin sentir absolutamente nada.
No necesariamente.
Puedes recordar algo y sentir tristeza.
Puedes tener un día difícil.
También puedes necesitar llorar.
O sentir enfado por algo que ocurrió hace años.
Sanar no significa conseguir que el pasado desaparezca.
Significa que el pasado deja de tener el control absoluto sobre tu presente.
Que puedes entrar en una habitación sin buscar automáticamente la salida.
Que puedes estar con alguien sin sentir que necesitas protegerte de todo.
Poder tener intimidad sin que tu cuerpo tenga que luchar contra un recuerdo.
Poder decir que no sin sentir que estás poniendo en peligro el vínculo.
Y equivocarte sin sentir que eso demuestra que no vales.
Y querer a alguien sin desaparecer dentro de esa relación.
Estar sola sin sentirte indefensa.
Y poder mirarte y dejar de verte únicamente a través de aquello que te ocurrió.
Y quizá, en el fondo, trabajar un trauma tenga mucho que ver con recuperar algo que nunca debería haberte quitado:
la posibilidad de sentirte segura siendo tú.
Lo que aprendimos para sobrevivir también puede cambiar
Si algo de todo esto te resulta familiar, no significa que estés rota.
Y tampoco significa que tengas que poder con ello sola.
A veces llevamos tantos años funcionando, adaptándonos, evitando, controlando y tirando hacia delante que ni siquiera nos damos cuenta de cuánto esfuerzo nos está costando vivir así.
Hasta que un día alguien nos ayuda a mirar nuestra historia de otra manera.
Y entonces quizá entendemos que muchas cosas que durante años pensamos que eran “mi forma de ser” eran, en realidad, formas que aprendimos para sobrevivir.
Y las formas aprendidas también pueden cambiarse.
No estás sola.
Hay cosas que pueden trabajarse.
Hay heridas que pueden dejar de gobernar tu vida.
Y pedir ayuda no cambia lo que ocurrió.
Pero puede cambiar lo que aquello sigue haciendo contigo hoy.
Si me necesitas, silba. ♥️💜♥️
Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria · CV15735
Kairós Psicología
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