Por primera vez en quince años, el viernes pasado, tuve miedo de llegar a casa. No quería volver.

No por lo que pudiera encontrar allí, sino por lo que ya no iba a encontrar.

Me daba miedo enfrentarme a una sensación que no recuerdo haber sentido en los últimos quince años: la soledad.

Porque durante todo este tiempo he podido estar sin compañía humana, sí. Pero nunca he estado sola. Siempre hubo alguien esperándome al otro lado de la puerta. Siempre hubo una presencia, un ruido, una mirada, una respiración, alguien ocupando un lugar en la casa y, de alguna manera, también en mí.

Durante muchos años fuimos cuatro. Después fuimos tres. Luego dos. Y después uno.

Primero se fue Vilma, la gordita, que tenía esa capacidad suya de llenar la vida de alegría. Después se fue Tokio, mi otra mitad. Y ahora se ha ido Tim.

Y quizá por eso esta despedida está siendo diferente a las anteriores. Porque Tim no era solamente Tim. Era el último hilo que quedaba unido a una parte de mi vida que hacía mucho tiempo había terminado, pero que seguía existiendo, de alguna manera, a través de él.

Tim y Tokio llegaron cuando éramos dos. Los adoptamos juntos. Después la vida cambió, nosotros nos separamos y aquella familia también cambió de forma. Pero Tim permaneció. Durante todos estos años, él siguió siendo una pequeña parte de aquella vida que habíamos construido.

Y ahora tampoco está.

Y de repente siento que se ha cerrado una puerta que no sabía que seguía abierta.

Tim era un perro difícil. Mucho. Tenía su carácter, sus manías, sus cosas. Y quizá por eso me parece todavía más importante decirlo: no hace falta que un animal sea perfecto para que su ausencia deje un agujero enorme.

No le voy a echar de menos porque fuera fácil. Le voy a echar de menos porque era él.

Porque llevaba tantos años formando parte de mi vida que ya no sabía imaginarla sin él.

Ahora ya han pasado unos días desde que se fue y sigo descubriendo lo que significa entrar en casa y no encontrarme con ninguno de ellos. Y creo que eso es lo que más me está doliendo: descubrir una soledad que hasta ahora desconocía.

He vivido sola. He viajado sola. He pasado días sin compañía humana. Pero nunca había conocido esta sensación de abrir una puerta y saber que no hay nadie dentro esperando.

Porque la compañía de un perro es una forma de compañía muy particular. No hace falta hablar. No hace falta hacer nada. Simplemente están. Te acompañan mientras trabajas, mientras comes, mientras duermes, mientras atraviesas un día bueno o uno de mierda. Forman parte de tus rutinas hasta que dejas de distinguir dónde terminan ellas y dónde empiezan ellos.

Y cuando se van, no desaparece solamente su presencia.

Desaparece una forma de vivir.

Una rutina.

Un sonido.

Una mirada.

Una razón para levantarte del sofá.

Una vida compartida.

Y a veces también desaparece algo más difícil de nombrar: una parte de la persona que tú eras mientras ellos estaban.

Por eso creo que algunas pérdidas de animales son también cierres de ciclos vitales.

Porque no siempre estamos llorando únicamente al perro que murió. A veces estamos llorando la casa en la que vivimos juntos, la persona que fuimos entonces, las personas que ya no están, los años que han pasado, las rutinas que construimos y todo aquello que ese animal conservaba, casi sin saberlo, como el último testigo de una época.

Tim era ese último testigo para mí.

Y ahora se ha ido.

Hay una expresión para hablar de una parte de este dolor: duelo desautorizado. Es el duelo que no siempre recibe el reconocimiento social que necesita, porque todavía hay quien considera que perder a un animal no puede compararse con perder a una persona.

Pero el dolor no funciona así.

No mide el valor de una vida por la especie de quien se ha ido.

Mide el lugar que ocupaba.

Y ellos pueden ocupar muchísimo.

Pueden ser familia. Pueden ser hogar. Pueden ser compañía, rutina, refugio y memoria. Pueden acompañarnos durante quince años y convertirse, sin que nos demos cuenta, en parte de la estructura sobre la que hemos construido nuestra vida.

Quizá por eso ahora me cuesta tanto volver a casa.

Porque durante quince años nunca estuve realmente sola.

Y ahora sí.

No sé todavía qué voy a hacer con este silencio. No sé cómo se aprende a habitar una casa que durante tantos años estuvo llena de vida y que ahora parece demasiado grande.

Supongo que también esto forma parte del duelo: aprender a vivir en un lugar que ya no es exactamente el mismo, aunque todo siga estando en su sitio.

Aprender a echar de menos sin dejar de vivir.

Aceptar que algunas pérdidas duelen tanto porque no solo se llevan a quien amamos. También se llevan una época, una rutina, una casa y una versión de nosotros mismos.

Yo hoy despido a Tim, pero también despido con él la última parte de una vida que durante mucho tiempo fue mi casa.

Y todavía me siento un poco perdida en esta nueva.

Solo sé una cosa.

Le voy a echar muchísimo de menos.

Y quizá eso también sea una forma de amor: seguir sintiendo compañía incluso cuando ya no queda nadie al otro lado de la puerta. Esto me lo tengo que trabajar.

💜♥️💜
Si me necesitas, silba.
Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria
Kairós Psicología