Hay personas capaces de hacer grandes cosas por los demás y, sin embargo, les cuesta muchísimo dar las gracias. Personas que pueden reconocer que una relación es importante, pero encuentran enormes dificultades para pedir perdón cuando han hecho daño. Padres que han cuidado durante toda la vida de sus hijos y nunca han pronunciado un «estoy orgulloso de ti». Hijos que quieren profundamente a sus padres, pero dan por hecho todo lo que reciben de ellos. Parejas que pueden pasar horas explicando por qué actuaron de una determinada manera antes que decir simplemente «me equivoqué».

A veces pensamos que agradecer y pedir perdón son únicamente cuestiones de educación, algo que aprendemos de pequeños y que utilizamos para convivir con los demás. Pero ambas cosas implican algo mucho más profundo. Dar las gracias significa reconocer que hemos recibido algo. Pedir perdón significa reconocer que hemos tenido un impacto en otra persona. Negativo.

Y no siempre resulta fácil ocupar ninguno de esos dos lugares.

Dar las gracias también significa reconocer que hemos necesitado a alguien

Hay personas a las que les resulta incómodo recibir. Pueden cuidar, ayudar, resolver problemas, estar disponibles y hacerse cargo de los demás. Pero cuando son ellas quienes necesitan apoyo, les cuesta pedirlo y, a veces, incluso reconocer que lo han recibido.

No siempre es falta de agradecimiento. Para algunas personas, necesitar a alguien se parece demasiado a depender. Recibir ayuda puede despertar una sensación de deuda, vulnerabilidad o pérdida de control. Por eso intentan devolver inmediatamente cualquier favor, restar importancia a lo que alguien ha hecho por ellas o comportarse como si hubieran podido resolverlo solas: «No hacía falta», «tampoco ha sido para tanto», «yo habría hecho lo mismo».

Y probablemente sea cierto. Pero agradecer no consiste en colocarnos por debajo de nadie ni en adquirir una deuda que tendremos que devolver. Consiste en permitir que otra persona sepa que aquello que hizo tuvo un impacto en nosotros.

Porque hay una diferencia entre pensar que alguien sabe que lo valoramos y hacer que realmente pueda sentirlo.

«Es lo que tenía que hacer»

Hay familias en las que casi nunca se dan las gracias. Los padres consideran que cuidar de sus hijos forma parte de su responsabilidad. Los hijos crecen pensando que ayudar a sus padres es lo normal. En una pareja se da por supuesto que el otro debe estar cuando las cosas se complican. Entre amigos, determinadas formas de cuidado terminan convirtiéndose en algo esperado.

Y, en parte, es verdad. Hay responsabilidades que asumimos cuando decidimos tener hijos, construir una relación o comprometernos con determinadas personas. Pero que algo forme parte de una relación no significa que no merezca ser reconocido.

Podemos agradecer a alguien algo que esperamos razonablemente de él. También podemos agradecer a nuestra pareja que nos acompañe durante una época difícil aunque consideremos que el apoyo forma parte de una relación. Del mismo modo, podemos reconocer a nuestros padres aquello que hicieron bien sin negar lo que hicieron mal. Y agradecer a nuestros hijos adultos que estén presentes sin convertir su cariño en una obligación.

El problema de dar por hecho constantemente lo que recibimos es que, con el tiempo, las personas pueden empezar a sentirse invisibles dentro de las relaciones que más les importan. No porque necesiten recibir elogios continuamente, sino porque todos necesitamos saber, alguna vez, que nuestra presencia ha significado algo para alguien.

Pedir perdón es mucho más difícil que decir «lo siento»

También hay personas que pronuncian «perdón» con facilidad. Lo dicen después de llegar tarde, de interrumpir una conversación o de cometer un pequeño error. Pero cuando realmente han hecho daño, ocurre algo diferente.

Entonces aparecen las explicaciones: «Yo no quería hacerte daño», «no lo hice con mala intención», «tú también dijiste cosas», «estaba pasando una época muy difícil», «no sabía que te iba a afectar tanto».

Algunas de esas explicaciones pueden ser completamente ciertas. El problema es utilizarlas para evitar reconocer lo que ocurrió. Porque podemos no haber querido hacer daño y haberlo hecho. Podemos haber tenido motivos para actuar de determinada manera y, aun así, haber causado sufrimiento. Podemos estar atravesando una situación difícil y seguir siendo responsables de cómo tratamos a los demás.

Explicar nuestras intenciones no borra el impacto de nuestros actos.

Cuando reconocer el daño se vive como una derrota

Para algunas personas, pedir perdón significa perder. Significa admitir que el otro tenía razón, quedar en una posición de inferioridad, renunciar a defenderse o aceptar toda la responsabilidad de lo ocurrido.

Por eso, cuando alguien les dice que se ha sentido herido, responden inmediatamente explicando su versión. Discuten los detalles, corrigen la interpretación del otro, recuerdan todo lo que la otra persona también ha hecho mal e intentan demostrar que su comportamiento tenía una explicación razonable.

Y quizá la tenga. Pero una conversación sobre el daño termina convirtiéndose en un juicio donde alguien debe ser declarado culpable y alguien inocente.

Las relaciones no suelen funcionar así. Podemos reconocer el dolor de otra persona sin aceptar una versión de los hechos que consideramos falsa. También podemos pedir perdón por una conducta concreta sin asumir toda la responsabilidad por un conflicto. Incluso comprender nuestros motivos y, al mismo tiempo, reconocer las consecuencias que tuvieron.

Pedir perdón no significa decidir quién es el malo de la historia. Significa ser capaces de mirar durante un momento la historia desde un lugar que no sea únicamente el nuestro.

«Siento que te hayas sentido así»

Hay disculpas que parecen disculpas, pero no lo son: «Siento que te hayas sentido mal», «perdón si te molestó», «lamento que lo hayas interpretado así».

En todas ellas ocurre algo parecido: el problema termina situado en la reacción de la otra persona. No lamentamos lo que hicimos. Lamentamos que el otro se haya sentido afectado.

Es una diferencia pequeña en las palabras y enorme en el significado.

Una disculpa que repara necesita contener reconocimiento: «No debería haberte hablado de esa manera», «te prometí algo y no lo cumplí», «estabas intentando explicarme cómo te sentías y no te escuché», «sé que desaparecí cuando me necesitabas».

Reconocer una conducta concreta nos obliga a salir de las explicaciones generales y mirar lo que realmente ocurrió.

Y eso puede resultar profundamente incómodo.

Pedir perdón tampoco obliga al otro a perdonarnos

A veces pedimos perdón esperando algo a cambio: que la otra persona deje de estar enfadada, que vuelva a confiar, que la relación regrese inmediatamente al lugar en el que estaba o que nos tranquilice diciendo que no ha sido para tanto.

Y cuando eso no ocurre, podemos sentir que pedir perdón no ha servido de nada. Pero una disculpa sincera no es un contrato. No podemos exigir que alguien deje de sentir dolor porque hemos reconocido que lo causamos. Tampoco podemos decidir cuánto tiempo debería necesitar para recuperar la confianza.

Pedir perdón significa asumir nuestra parte, reparar, cuando sea posible, cambiar aquello que necesita cambiar y aceptar que la otra persona sigue teniendo derecho a decidir qué hace con lo ocurrido.

Si pedimos perdón únicamente para dejar de sentirnos culpables, quizá seguimos estando más pendientes de nuestro malestar que del daño que hemos causado.

Hay personas que prefieren perder una relación antes que reconocer que se equivocaron

Puede parecer exagerado, pero ocurre. Personas que llevan semanas, meses o incluso años sin hablarse con alguien importante porque ninguna es capaz de dar el primer paso. Padres e hijos que se quieren y esperan en silencio que sea el otro quien llame. Parejas que terminan una conversación hablando de todos los errores cometidos durante los últimos diez años porque reconocer uno propio parece demasiado peligroso. Amigos que se distancian lentamente sin haber hablado nunca de lo que ocurrió.

A veces el orgullo protege algo. Nos protege de sentir vergüenza, de reconocer que necesitamos a alguien, de aceptar que hemos cometido un error o de arriesgarnos a pedir perdón y descubrir que quizá no nos perdonen.

Pero las defensas que nos protegen del dolor también pueden alejarnos de aquello que nos importa. Y hay momentos en los que merece la pena preguntarnos qué estamos intentando conservar: nuestra dignidad o nuestra incapacidad para sentirnos vulnerables.

Pedir perdón también cambia a quien es capaz de hacerlo

Reconocer que hemos hecho daño puede despertar culpa, vergüenza y miedo. Pero también puede permitirnos algo importante: dejar de necesitar una versión de nosotros mismos en la que siempre actuamos correctamente.

Es totalmente compatible ser buenas personas y equivocarnos. También querer profundamente a alguien y hacerle daño. Podemos haberlo hecho lo mejor que sabíamos hacer en un momento determinado y descubrir, tiempo después, que no fue suficiente.

Aceptar estas contradicciones no nos convierte en peores personas. Nos permite responsabilizarnos.

Y la responsabilidad es diferente de la culpa. La culpa puede dejarnos atrapados preguntándonos qué dice nuestro error sobre nosotros. La responsabilidad nos pregunta qué podemos hacer ahora con aquello que hemos aprendido.

Agradecer también cambia nuestra manera de mirar

Dar las gracias no solo tiene un impacto en quien las recibe. También modifica nuestra forma de relacionarnos con nuestra propia vida.

Cuando agradecemos, prestamos atención a cosas que fácilmente podrían pasar desapercibidas: a quien estuvo cuando no tenía obligación de estar, a quien nos escuchó muchas veces sin saber exactamente qué decir, a quien nos hizo la vida un poco más fácil durante una época difícil, a quien nos enseñó algo que seguimos utilizando años después o a quien hizo bien una parte de una relación que también tuvo errores.

Agradecer no significa negar el dolor, idealizar a las personas ni convertirnos en optimistas permanentes. Significa ampliar la mirada.

Porque nuestra historia está formada por lo que nos faltó, pero también por aquello que recibimos.

Cuando dejamos de agradecer porque damos por hecho

Hay algo que ocurre con facilidad en las relaciones que duran. Nos acostumbramos a lo que recibimos. A que alguien nos llame para saber cómo estamos, recuerde lo que nos preocupa, se ocupe de determinadas tareas, nos escuche cuando hemos tenido un mal día o esté disponible cuando necesitamos ayuda. Lo que al principio reconocíamos y agradecíamos puede acabar formando parte de la normalidad.

Y la normalidad tiene un riesgo: puede hacer invisible el esfuerzo que hay detrás de muchas cosas.

No siempre dejamos de dar las gracias porque hayamos dejado de valorar a la otra persona. A veces ocurre porque empezamos a comportarnos como si aquello que recibimos estuviera garantizado. Como si cuidar, acompañar, escuchar, ayudar o estar disponible fueran características permanentes de alguien y no decisiones que esa persona sigue tomando una y otra vez.

Por eso hay una diferencia importante entre confiar en que alguien estará a nuestro lado y actuar como si tuviera la obligación de hacerlo.

Cuando una persona siente durante demasiado tiempo que todo lo que aporta se da por supuesto, puede seguir haciendo exactamente las mismas cosas y, sin embargo, empezar a sentirse cada vez menos vista dentro de la relación. El problema no suele ser que necesite reconocimiento constante ni que espere recibir algo a cambio de cada gesto. Es algo mucho más sencillo: necesitamos saber que nuestra presencia y nuestro esfuerzo tienen un significado para las personas que queremos.

Agradecer es hacer visible el esfuerzo que la costumbre puede volver invisible. Es decirle a alguien: «Me he dado cuenta». «Sé que esto te ha supuesto tiempo». «Sé que podrías no haberlo hecho». «Lo que haces tiene un efecto en mi vida».

Y quizá no deberíamos esperar a que alguien deje de estar, deje de cuidar o deje de hacer aquello a lo que nos habíamos acostumbrado para comprender cuánto significaba. Porque muchas veces no empezamos a echar de menos a las personas cuando se van. Empezamos a echar de menos todo aquello que dejamos de ver mientras todavía estaban.

Dos palabras pequeñas que necesitan mucha valentía

Quizá agradecer y pedir perdón tienen algo en común. Ambas cosas nos obligan a reconocer que no somos completamente autosuficientes. Necesitamos a los demás. Nos afectan, nos ayudan y nos decepcionan. Y nosotros también los ayudamos, los decepcionamos y, algunas veces, les hacemos daño.

No existe una relación importante en la que nunca tengamos nada que agradecer. Tampoco existe una relación larga en la que nunca tengamos nada por lo que pedir perdón.

La cuestión no es vivir intentando no equivocarnos. Es aprender qué hacemos cuando nos equivocamos.

Ni agradecer nos hace débiles ni pedir perdón nos hace pequeños. A veces ocurre precisamente lo contrario. Porque hay personas capaces de defender durante horas por qué hicieron lo que hicieron y, sin embargo, necesitan mucho más valor para decir:

Gracias.

Me equivoqué.

Lo siento.

Pedir perdón no cambia lo que ocurrió. Pero puede cambiar profundamente lo que ocurre después.

💜♥️💜

Si me necesitas, silba.

Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria
Kairós Psicología