No te creas todo lo que piensas
Hay días en los que nuestra cabeza parece tener demasiado que decir. Analizamos una conversación que ya ha terminado, recordamos una frase y nos preguntamos por qué la otra persona la dijo de aquella manera, imaginamos lo que puede ocurrir mañana, intentamos anticiparnos a un problema que todavía no existe, repasamos nuestras decisiones, buscamos errores e interpretamos silencios, cambios de tono, miradas o pequeños gestos.
Y cuanto más pensamos, más convencidos estamos de que necesitamos seguir pensando, porque tenemos la sensación de que, si conseguimos analizar suficientemente bien lo que ocurre, encontraremos la respuesta correcta, evitaremos equivocarnos, descubriremos a tiempo una amenaza y podremos protegernos.
Pero pensar mucho no siempre significa pensar mejor.
A veces significa estar asustados.
Un pensamiento puede parecer verdad sin serlo
Nuestro cerebro produce pensamientos continuamente. Algunos son útiles: nos ayudan a resolver problemas, tomar decisiones, recordar lo que necesitamos hacer o anticipar consecuencias. Otros aparecen sin que los hayamos elegido.
«Seguro que se ha enfadado conmigo.»
«Esto va a salir mal.»
«Ya no me quiere como antes.»
«He hecho el ridículo.»
«No voy a ser capaz.»
«Si me relajo, algo se me escapará.»
«Esto ya pasó una vez. Va a volver a pasar.»
El problema no es que aparezcan. El problema comienza cuando olvidamos que son pensamientos y empezamos a tratarlos como información objetiva sobre la realidad.
Porque una idea puede repetirse cien veces y seguir siendo una idea. Puede producir ansiedad, parecernos completamente lógica, encajar perfectamente con nuestra historia e incluso provocar una reacción física intensa.
Y aun así no ser verdad.
¿Por qué algunos pensamientos resultan tan convincentes?
Porque no todos los pensamientos aparecen en terreno neutral. Interpretamos el presente desde lo que hemos vivido.
Una persona que ha sido abandonada puede detectar señales de distanciamiento donde otra persona simplemente vería cansancio. Alguien que ha sufrido rechazo puede interpretar un silencio como desaprobación. Una persona que ha crecido sintiendo que debía hacerlo todo bien puede vivir un error pequeño como la confirmación de que nunca es suficiente. Quien ha tenido que estar pendiente del estado emocional de los demás puede seguir analizando gestos, tonos de voz y cambios de humor incluso cuando ya no necesita hacerlo para sentirse a salvo.
No reaccionamos únicamente ante lo que está ocurriendo. También reaccionamos ante aquello que nuestro cerebro ha aprendido que podría ocurrir.
Y cuanto más miedo nos produce una posibilidad, más atención le prestamos.
Cuando una emoción se convierte en una prueba
Hay algo que hacemos constantemente sin darnos cuenta: confundimos sentir con saber.
«Si tengo miedo, será porque existe un peligro.»
«Si siento celos, será porque está ocurriendo algo.»
«Si me siento culpable, será porque he hecho algo malo.»
«Si siento que algo va a salir mal, será porque hay señales que todavía no he sabido identificar.»
Pero las emociones no son pruebas. Son información. Nos hablan de nuestra historia, de nuestras necesidades, de nuestras heridas, de nuestras expectativas y de la forma en la que estamos interpretando una situación. Merecen ser escuchadas, pero no siempre obedecidas.
Sentir algo con mucha intensidad no convierte automáticamente en verdad la historia que nuestra cabeza ha construido para explicarlo.
Pensar para intentar sentirnos seguros
Muchas personas creen que piensan demasiado porque son inseguras, negativas o incapaces de controlar su mente. Pero detrás de la rumiación suele haber un intento de resolver algo.
Buscamos certeza. Queremos saber qué ocurrirá, necesitamos comprobar que hemos tomado la decisión correcta, intentamos descubrir si alguien va a marcharse antes de que lo haga, repasamos una conversación para asegurarnos de que no dijimos nada inconveniente e imaginamos todos los escenarios posibles porque creemos que, si estamos preparados para el peor, sufriremos menos.
Pensar se convierte entonces en una forma de vigilancia.
El problema es que la certeza absoluta casi nunca llega. Siempre podemos analizar una vez más, buscar otra explicación, recordar otro detalle, hacer una nueva comprobación o preguntar otra vez.
Y así, intentando encontrar tranquilidad, terminamos enseñando a nuestro cerebro que debe seguir buscando porque probablemente exista algo peligroso que todavía no hemos descubierto.
El miedo a que algo ocurra puede cambiar nuestra conducta
Esto resulta especialmente visible en las relaciones.
Tenemos miedo de perder a alguien y empezamos a observar cualquier cambio. Está más callado, ha tardado más en responder, parece distante, hoy no ha sido tan cariñoso o ha dicho que necesita estar solo.
Cada detalle puede convertirse en una pieza de una historia que nuestra cabeza ya conoce:
«Está perdiendo el interés.»
«Va a dejarme.»
«Está ocurriendo otra vez.»
Entonces aparece la ansiedad. Preguntamos, comprobamos, buscamos tranquilidad, nos mostramos más sensibles ante cualquier gesto. Quizá respondemos con frialdad antes de sentirnos rechazados, nos enfadamos, nos alejamos o exigimos garantías que ninguna relación puede ofrecernos.
Y después ocurre algo especialmente doloroso: nos comportamos desde el miedo a perder la relación y terminamos introduciendo tensión precisamente en la relación que queríamos proteger.
A veces intentamos evitar tanto que una historia vuelva a repetirse que dejamos de mirar la historia que realmente está ocurriendo.
Saber sobre psicología tampoco nos protege de nuestra cabeza
Podemos conocer perfectamente qué es la ansiedad, identificar nuestros patrones de apego, hablar de regulación emocional, reconocer una distorsión cognitiva, entender de dónde vienen nuestros miedos y seguir sufriendo exactamente cuando esos miedos aparecen.
Porque comprender algo intelectualmente no significa haber aprendido a relacionarnos de otra manera con ello.
A veces incluso utilizamos el conocimiento para intentar controlar mejor lo que sentimos. Analizamos, etiquetamos, buscamos explicaciones e intentamos descubrir el origen exacto de cada reacción.
Y mientras tanto seguimos sin permitirnos algo mucho más sencillo y mucho más difícil: reconocer que estamos asustados, que nos sentimos inseguros, que algo nos ha dolido o que necesitamos ayuda.
Saber explicar perfectamente lo que nos pasa no siempre significa saber atravesarlo.
Entonces, ¿dejamos de confiar en nuestros pensamientos?
No.
Tampoco se trata de convertirnos en sospechosos permanentes de nuestra propia cabeza. Nuestros pensamientos contienen información valiosa. Nos ayudan a detectar problemas, tomar decisiones, establecer límites y comprender lo que necesitamos.
La cuestión es aprender a no concederles automáticamente la categoría de hechos.
Podemos empezar haciendo algo aparentemente sencillo. Preguntarnos:
¿Esto que estoy pensando está ocurriendo o temo que ocurra?
¿Qué hechos tengo?
¿Qué estoy interpretando?
¿Hay otras explicaciones posibles?
¿Estoy intentando resolver un problema real o conseguir una certeza que nadie puede darme?
¿Este pensamiento me ayuda a actuar de acuerdo con la persona que quiero ser o me está haciendo actuar desde el miedo?
Y hay una pregunta especialmente importante:
¿Qué haría ahora si no tuviera que obedecer inmediatamente a este pensamiento?
Quizá no desaparezca. Puede seguir ahí.
Pero nosotros podemos decidir qué hacemos con él.
No todos los pensamientos merecen el mismo poder
Nuestra cabeza puede decirnos muchas cosas a lo largo de un día: que no somos suficientes, que algo terrible está a punto de ocurrir, que alguien va a abandonarnos, que hemos cometido un error imperdonable, que deberíamos haber hecho otra cosa o que necesitamos resolverlo todo ahora mismo.
No podemos impedir que muchos de esos pensamientos aparezcan. Pero podemos aprender a reconocerlos, escucharlos, preguntarnos de dónde vienen, comprobar qué evidencias tenemos y decidir si queremos construir nuestra conducta alrededor de ellos.
Porque quizá madurar emocionalmente no consiste en conseguir una mente que nunca tenga miedo, dudas o pensamientos irracionales. Quizá consiste en aprender que podemos sentir miedo sin salir corriendo, tener dudas sin buscar inmediatamente una respuesta, sentir inseguridad sin exigir garantías imposibles y tener un pensamiento sin convertirlo en una orden.
El problema no es todo lo que pasa por nuestra cabeza.
El problema empieza cuando dejamos que cada pensamiento que aparece tenga derecho a voto sobre nuestra vida.
💜♥️💜
Si me necesitas, silba.
Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria
Kairós Psicología
Comentarios recientes