Hay una idea sobre la gestión emocional que se ha instalado con bastante fuerza en los últimos años: si estás mal, tienes que aprender a gestionar mejor lo que sientes. Respira. Regula tu ansiedad. Pon límites. Cambia tus pensamientos. Haz ejercicio. Medita. Sé más resiliente. Ve a terapia. Y sí, muchas de esas cosas de gestión emocionalpueden ayudar muchísimo. Yo misma trabajo con ellas en consulta.
Pero hay algo de lo que hablamos bastante menos: a veces una persona no está mal porque no sepa gestionar lo que siente. A veces está mal porque su vida, sencillamente, está siendo demasiado difícil.
Y creo que necesitamos decirlo.
Porque no todo sufrimiento es una enfermedad.
La salud mental no ocurre dentro de una burbuja
Imagina que llevas meses durmiendo mal porque no sabes si vas a poder pagar el alquiler. O que trabajas diez horas al día y llegas a casa completamente agotada, sin tiempo para comer tranquilamente, hacer ejercicio, descansar o ver a las personas que quieres.
Imagina que estás cuidando sola a un familiar dependiente. Que vives en una relación en la que tienes miedo. Que estás atravesando un duelo y, además, no tienes a nadie cerca. Que llevas meses sin recibir un abrazo. Que tus amigos viven lejos y las conversaciones se han convertido en mensajes enviados a toda prisa entre una obligación y otra.
Que has perdido tu trabajo. Que estás buscando una casa y no encuentras ninguna que puedas pagar. Que vives en un entorno hostil. Que estás aislada. Que no tienes red. Que no tienes tiempo. Que no tienes seguridad. Que no tienes un lugar donde descansar de verdad.
¿De verdad queremos mirar a esa persona y decirle simplemente que tiene que aprender a gestionar mejor sus emociones?
La salud mental no existe separada de las condiciones en las que vivimos.
Necesitamos dormir, comer, sentirnos seguros, tener vínculos, pertenecer a algún lugar, disponer de cierto margen de descanso y poder contar con otras personas cuando las cosas se ponen feas. No son lujos psicológicos. Son parte de las condiciones que hacen posible que una persona pueda sostener su vida.
Y esto no es solo una reflexión bonita.
Lo que dice la OMS sobre la conexión social
La Organización Mundial de la Salud lleva años señalando la importancia de los determinantes sociales de la salud y, más recientemente, ha puesto el foco de manera específica en algo que durante demasiado tiempo hemos tratado como un problema exclusivamente individual: la conexión social.
En 2025, la Comisión de la OMS sobre Conexión Social publicó un informe en el que advertía de que la soledad y el aislamiento social están ampliamente extendidos y tienen consecuencias importantes para la salud física y mental, el bienestar y las comunidades. La propia OMS plantea que la conexión social debería recibir una atención comparable a la salud física y mental.
Y quizá esto debería hacernos pensar.
Porque si estar solos, aislados o desconectados puede afectar a nuestra salud, entonces no podemos seguir hablando de la soledad como si fuera simplemente un defecto de personalidad que cada uno tiene que resolver por su cuenta.
Por eso existe una Mesa de Soledades
Y aquí viene algo que me parece especialmente significativo.
En febrero de 2026, el Gobierno de España creó la Mesa Interinstitucional de Soledades, un órgano de coordinación dentro de la Administración General del Estado que pretende incorporar la perspectiva de las soledades a las políticas públicas desde una mirada preventiva, relacional y comunitaria. No depende solamente de Sanidad. En ella participan áreas tan distintas como Educación, Cultura, Igualdad, Trabajo, Vivienda, Inclusión, Juventud, Ciencia y Transición Ecológica, además del Ministerio de Sanidad y del Comisionado de Salud Mental.
¿Por qué? Porque la soledad no tiene una sola causa. Y, por tanto, tampoco puede tener una única solución.
Una persona puede sentirse sola porque tiene dificultades para relacionarse, sí. Pero también puede sentirse sola porque se ha mudado a otra ciudad, porque ha perdido a su pareja, porque cuida de alguien y no tiene tiempo para sí misma, porque es mayor y su red se ha reducido, porque tiene dificultades económicas, porque vive en un entorno sin comunidad o porque las circunstancias de su vida han ido dejando cada vez menos espacio para los demás.
A veces necesitamos trabajar nuestras habilidades, sí. Y a veces necesitamos que existan lugares, tiempo, comunidad y personas con las que poder utilizarlas.
No todo se arregla con más gestión emocional
Hay una parte de la “psicología” barata de Instagram y demás redes sociales que me preocupa cuando convierte la gestión emocional en la única respuesta posible: esa idea de que todo depende de cómo interpretes las cosas.
Porque sí, nuestros pensamientos importan. Nuestra manera de relacionarnos importa. La regulación emocional importa. Los patrones que repetimos importan.
Pero también importa lo que está ocurriendo fuera. Y mucho.
Si alguien vive una situación de violencia, quizá necesite aprender a identificar determinadas dinámicas y poner límites, pero también necesita seguridad.
Si alguien está sufriendo acoso, no basta con enseñarle a gestionar la ansiedad. También hay que detener el acoso.
Si una persona está viviendo una situación de precariedad extrema, podemos trabajar sus recursos psicológicos, pero no podemos convertir la terapia en un sustituto de una vivienda digna.
Si alguien está completamente aislado, podemos trabajar sus dificultades para relacionarse, pero también necesitamos preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando tantas personas pasan días enteros sin tener una conversación significativa con nadie.
Y esto también forma parte de cuidar la salud mental.
A veces el problema no está dentro de ti
Quizá llevas años pensando que eres demasiado sensible, que exageras, que no sabes gestionar la frustración. Que tienes poca tolerancia al estrés, que deberías ser más fuerte, que otras personas pueden con todo y tú no.
Y quizá haya cosas que puedas aprender.
Pero quizá también haya una pregunta que nadie te ha hecho:
¿Qué estás teniendo que soportar?
Porque no es lo mismo sentir ansiedad ante una situación puntual, aislada, que vivir durante años en un contexto que mantiene activado tu sistema de alarma.
No es lo mismo estar triste porque estás atravesando un duelo que sentirte deprimida porque llevas años viviendo una vida que no puedes sostener. Tampoco es lo mismo necesitar trabajar tu autoestima que vivir rodeada de personas que constantemente te desvalorizan.
Y hay una diferencia igual de grande entre aprender a estar sola y estar sola porque no tienes a nadie.
Y no es lo mismo tener que aprender a poner límites que vivir en un entorno en el que cada vez que intentas ponerlos recibes castigo, rechazo o violencia.
El contexto también habla.
Y deberíamos escucharlo.
La terapia no debería enseñarte a soportarlo todo
Esto me parece especialmente importante decirlo desde una consulta de psicología.
La gestión emocional no debería significar aprender a soportar mejor cualquier cosa que te ocurra.
A veces sí necesitamos aprender a regular una emoción, revisar una creencia o afrontar algo que estamos evitando. Otras veces necesitamos aprender a comunicarnos de otra manera, o simplemente dejar de exigirnos tanto.
Y otras veces necesitamos reunir el valor suficiente para decir: esto que estoy viviendo no me hace bien y necesito que cambie.
La terapia puede ayudarte a construir recursos para hacerlo. Pero no debería convertirse en una herramienta para adaptar a una persona a cualquier circunstancia, por dañina que sea. Porque hay una diferencia enorme entre aprender a vivir mejor y aprender a soportar mejor una vida que te está haciendo daño. Y esa diferencia importa.
Escuchar también es una forma de cuidar
Este año, la OMS ha elegido para el Día Mundial de la Salud Mental un lema que me parece especialmente necesario: Escuchemos a las personas con experiencia vivida: voces reales, cambio real.
No se refiere únicamente a escuchar a alguien contar lo que le ha ocurrido.
Habla de algo más profundo: de permitir que las personas que han vivido determinadas experiencias participen en las decisiones, en los servicios y en las políticas que van a afectar a sus vidas.
Y quizá podamos llevar esa idea también a nuestra vida cotidiana.
Escuchar a quien dice que no puede más. Escuchar a quien lleva meses diciendo que está sola. Escuchar a quien está agotada. Escuchar a quien dice que en su casa no está bien. Escuchar a quien necesita un abrazo y no una explicación.
Porque a veces queremos encontrar rápidamente la técnica, el consejo o la solución.
Y quizá, antes de todo eso, alguien necesita simplemente que otra persona se siente a su lado y diga:
Te creo. Tiene sentido que estés así. Vamos a ver qué necesitas.
Porque necesitamos herramientas, y también a los demás
Claro que necesitamos aprender gestión emocional: conocer nuestras emociones, pedir ayuda cuando la necesitamos, desarrollar recursos, trabajar nuestros patrones y hacernos responsables de aquello que sí podemos cambiar.
Pero responsabilizarnos de nuestra salud mental no significa responsabilizarnos de absolutamente todo lo que nos ocurre.
No podemos respirar profundamente para solucionar una precariedad económica.
No podemos cambiar nuestros pensamientos para hacer desaparecer una situación de violencia.
No podemos meditar para conseguir una vivienda.
No podemos hacer terapia para sustituir una red de apoyo que no existe.
Y tampoco podemos pedirle a una persona que sea infinitamente resiliente mientras seguimos aumentando todo aquello que tiene que soportar.
Lo que de verdad sostiene a una persona
Claro que necesitamos aprender a regular la ansiedad, otras que cambie algo alrededor, trabajar nuestra soledad, otras, que alguien nos llame, o un abrazo, o una palabra de cariño. Otras muchas, aprender a pedir ayuda. Y sería genial que alguien se dé cuenta de que la necesitamos antes de que tengamos que pedirla.
Porque una persona requiere herramientas de gestión emocional, claro que sí. Pero también necesita una casa, comida, descanso, seguridad, tiempo, contacto, afecto, pertenencia y alguien a quien poder llamar.
Es fundamental sentir que forma parte de un grupo, que para alguien es importante y que, cuando la vida se pone difícil, no tiene que sostenerlo absolutamente todo sola.
Y quizá este 10 de octubre no deberíamos preguntarnos únicamente qué podemos hacer cada uno para mejorar nuestra salud mental. Quizá también deberíamos preguntarnos qué podemos hacer para construir vidas y comunidades en las que sea un poco más posible estar bien.
Porque a veces el problema no es tu gestión emocional.
A veces estás reaccionando de una manera completamente comprensible a una vida que lleva demasiado tiempo pidiéndote más de lo que puedes dar. Y antes de enseñarte a soportarla mejor, quizá tengamos que preguntarnos si hay algo de esa vida que debería cambiar.
Porque cuidar la salud mental no puede consistir únicamente en conseguir que las personas aguanten mejor.
También debería consistir en construir un mundo en el que necesitemos aguantar un poco menos.
Si me necesitas, silba. ♥️💜♥️
Ana Camacho Vidal-Abarca
Psicóloga General Sanitaria · CV15735
Kairós Psicología
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