Hay frases que se repiten en consulta y que, cuando aparecen, abren muchas capas a la vez.
Una de ellas es esta:
“Ana, es que él se lo cree, él convierte sus pensamientos en realidad, y no es así.”
No lo dice para justificarle.
Lo dice desde la confusión, me refiero a la confusión de: ¿lo hará siendo consciente o no?
Porque cuando alguien te hace daño y parece convencido de su propia versión, algo dentro de ti se descoloca.
Ya no sabes si estás ante una manipulación… o ante algo más.
Y ahí empieza un tipo de desgaste muy particular.
En la mayoría de casos (por no decir todos) de violencia de género en pareja, el daño no es solo físico, sino también psicológico y emocional.
Violencia de género en pareja: cuando el daño convive con la duda
He trabajado con mujeres que me han enseñado fotos de sus cuerpos llenos de hematomas mientras, en la misma sesión, intentan entenderle. Mujeres que en las primeras sesiones me decían: «Yo me ponía histérica».
Algunas de esas mujeres ya están fuera de casa, han dado pasos importantes, de hecho, el más importante, ponerse a salvo.
Estas mujeres siguen recibiendo mensajes, muchos, muchísimos, que pasan del amor a la agresividad en cuestión de minutos.
Y entre todo eso, aparece la frase:
“Ana, que ahora dice que le engaño y … de verdad cree que le engaño.”
Aquí ocurre algo muy delicado.
Porque el foco deja de estar solo en el daño…
y pasa a colocarse en lo que le pasa a él. Y eso cambia mucho la experiencia.
Porque ya no solo estás viviendo violencia.
Estás intentando interpretarla, justificarla o explicarla.
Empiezas a hacer de traductora emocional.
A buscar coherencia donde no la hay.
A intentar encajar piezas que, en realidad, no encajan.
Y eso desgasta. Mucho.
Porque mientras intentas entender, te vas alejando de algo mucho más básico: lo que te está pasando a ti.

No todo es delirio. No todo es manipulación.
A veces, lo que hay detrás son estrategias de control:
acusaciones, celos, giros de discurso… que buscan descolocar, justificar o someter.
Otras veces, hay creencias muy rígidas, sesgadas, difíciles de cuestionar, que hacen que la persona viva su propia versión como si fuera la única posible.
Y en algunos casos —menos frecuentes, pero reales— puede haber una alteración más profunda del juicio de realidad, relacionada con consumo de sustancias, por supuesto incluido el alcohol, o con un cuadro psicótico. O ambas, por supuesto.
Pero hay algo importante:
Desde fuera, para quien lo vive, la diferencia no siempre es tan clara. Ni siquiera para los profesionales que ni los conocemos (ni en mi caso me interesa lo más mínimo) es tan fácil discernir.
Porque el impacto emocional no depende tanto de si es manipulación o delirio,
sino de lo que genera:
confusión, miedo, desgaste, pérdida de referencias.
Y eso es lo que muchas veces atrapa.
No saber exactamente qué está pasando…
pero sentir que algo no está bien.
El riesgo: cuando entender sustituye a protegerse
Muchas mujeres quedan atrapadas en este punto:
- “Pobrecito, no se da cuenta”
- “Está mal, no es él”
- “Si se diera cuenta, no lo haría”
Y sin darse cuenta, empiezan a explicar lo que viven en lugar de salir de ello.
Entender al otro es humano.
Pero cuando ese entendimiento te mantiene dentro del daño, deja de ser cuidado… y pasa a ser otra forma de quedarte. Cuando ese entendimiento y/o justificación pone en peligro tu salud mental, la de menores y en algunos casos tu vida, lo menos importante es contextualizar el comportamiento del agresor, lo más importante es salir de ahí.
Cuando la duda te atrapa más que el propio daño
Hay algo especialmente desestabilizador en todo esto, y no es solo la violencia.
Es la duda.
Porque cuando la otra persona parece convencida de lo que dice, la pregunta deja de ser
“¿esto está bien o mal?”
y pasa a ser:
“¿y si tiene razón?”
“¿y si estoy exagerando?”
“¿y si de verdad le estoy haciendo daño yo?”
Pero hay otra capa más que complica todavía más salir de ahí.
Las promesas.
Después de los mensajes agresivos, después del daño, aparecen momentos en los que pide perdón, dice que va a cambiar, que sin ti no puede, que esta vez es diferente.
Y durante un rato, todo parece encajar.
Ahí la duda ya no solo va hacia ti.
También va hacia el futuro:
“¿y si ahora sí cambia?”
“¿y si esta vez es distinto?”
“¿y si me estoy yendo justo cuando iba a mejorar?”
Y es en ese vaivén —entre el daño y la promesa— donde muchas mujeres quedan atrapadas.
No porque no vean lo que ocurre.
Sino porque alternan entre lo que duele… y lo que podría ser.
Y cuando eso pasa, el problema ya no es solo lo que el otro hace.
Es que tú empiezas a perderte como referencia.
No necesitas un diagnóstico para validar lo que te pasa
No hace falta saber si es manipulación, celotipia o un trastorno.
No necesitas tener claro qué le ocurre para reconocer algo mucho más importante:
que lo que estás viviendo te está haciendo daño.
Y eso, por sí solo, ya es suficiente motivo para salir de ahí, ¿no te parece?
Piensa una cosa antes de tomar una decisión: si a una hija tuya le hicieran lo que te están haciendo a ti, ¿qué harías?, ¿qué le dirías?, ¿le dirías que saliera de allí rápidamente o le dirías que se quedara más tiempo para seguir intentando y ver si ha cambiado? Piénsalo.
Y si te tomas un momento para pensar si esa es la vida que quieres tanto para ti como para tus hijas, ¿cuál es la respuesta?
Y a veces, lo más difícil no es irte.
Es sostener que, aunque no entiendas del todo lo que le pasa al otro,
no necesitas entenderlo para protegerte.
Hay algo que repito mucho en consulta, y que aquí también quiero dejar:
Entender lo que le pasa al otro no debería costarte perderte a ti.
Entender lo que le pasa al otro no debería costarte perderte a ti. Y si hay menores, menos todavía.
Si necesitas acompañamiento psicológico, puedes escribirme un WhatsApp: 611 193 187
Te abrazo. 💜❤️💜
Comentarios recientes