En los últimos años, la terapia EMDR ha ganado mucha visibilidad. Cada vez más personas llegan a consulta preguntando directamente por ella, a veces incluso con la sensación de que es la solución definitiva para el trauma.

Y lo cierto es que EMDR es una herramienta terapéutica muy eficaz.
Pero como ocurre con cualquier intervención psicológica, no siempre es el primer paso, ni tiene sentido aplicarla de la misma forma en todas las personas.

EMDR no borra recuerdos

Uno de los malentendidos más frecuentes es pensar que EMDR sirve para “eliminar” recuerdos dolorosos. No funciona así.

EMDR ayuda a que experiencias pasadas que quedaron mal procesadas dejen de activar el cuerpo y el sistema nervioso como si estuvieran ocurriendo en el presente. El recuerdo sigue existiendo, pero pierde intensidad emocional, deja de invadir y permite mayor distancia y control.

Para que esto ocurra, es fundamental que la persona se sienta suficientemente segura.

Antes de EMDR: seguridad, vínculo y comprensión

En muchos procesos terapéuticos, antes de utilizar EMDR es necesario trabajar otros aspectos:

  • entender qué le está pasando a la persona
  • poner palabras a lo vivido
  • regular emociones
  • fortalecer recursos internos
  • construir un vínculo terapéutico estable

Sin esa base, aplicar EMDR demasiado pronto puede resultar abrumador o poco eficaz.

Por eso, en un enfoque integrativo, el ritmo importa tanto como la técnica.

EMDR como parte de una terapia integrativa

EMDR no es una terapia aislada, sino una herramienta que puede integrarse dentro de un proceso más amplio. En ese proceso pueden convivir diferentes enfoques, como la terapia cognitivo-conductual, el trabajo con trauma y apego, o técnicas de regulación emocional.

La clave no está en la técnica, sino en para qué persona, en qué momento y con qué objetivo se utiliza.

Situaciones en las que EMDR suele ser especialmente útil

EMDR suele resultar especialmente eficaz cuando hay experiencias que siguen activándose en el presente, aunque hayan ocurrido hace tiempo. Por ejemplo:

  • Abusos sexuales, especialmente cuando ocurrieron en la infancia o dentro del entorno familiar, y quedaron rodeados de silencio, culpa o miedo.
  • Abuso emocional prolongado, donde la persona ha aprendido a vivir en alerta constante, dudando de sí misma o minimizando lo vivido.
  • Violencia de género, incluso cuando la relación terminó hace años, pero el cuerpo sigue reaccionando ante determinadas situaciones, personas o recuerdos.
  • Infancias marcadas por castigos físicos, gritos o miedo, donde no siempre hubo golpes visibles, pero sí una sensación continua de inseguridad.
  • Contextos familiares con adicciones, en los que la imprevisibilidad, el caos o la falta de cuidado dejaron una huella profunda.

En estos casos, EMDR puede ayudar a que el sistema nervioso deje de reaccionar como si el peligro siguiera presente, facilitando una mayor sensación de seguridad y control en el presente.

No todas las personas empiezan igual

No todas las personas están preparadas para trabajar directamente con recuerdos traumáticos desde el inicio. En algunos casos, es necesario primero estabilizar, comprender y fortalecer recursos.

Ir despacio no significa evitar el problema.
Significa respetar el ritmo y construir un proceso terapéutico que sea sostenible.

Ir despacio también es avanzar

En terapia no se trata de ir rápido, ni de “hacer cosas” cuanto antes.
Se trata de avanzar con sentido, respetando la historia, el cuerpo y el momento vital de cada persona.

EMDR puede ser una parte muy valiosa del camino terapéutico, siempre que esté al servicio de la persona y no al revés.

«Si me necesitas, silba», ;D