Crecer con una madre emocionalmente inestable o narcisista no siempre es fácil de explicar. Ni de entender.

Hay historias familiares que no son fáciles de contar.

Personas que dicen algo así como:
“Mi madre me quería… pero también me hacía daño”.

No siempre hablamos de maldad.
A veces hablamos de una madre que no podía sostener sus propias emociones, que reaccionaba desde la herida o desde la inestabilidad.

Y crecer en ese clima deja huellas.

No siempre visibles.
No siempre fáciles de explicar.

Pero profundas.


Cuando la relación madre-hija se convierte en competencia

En algunas familias aparece algo difícil de nombrar: una forma de competencia emocional entre madre e hija.

No suele ser una competencia abierta.
Aparece en forma de comentarios, críticas o burlas.

Frases que muchas hijas recuerdan durante años:

“Estás gorda.”
“No comas tanto.”
“Así nadie te va a querer.”

A veces se dicen en tono de broma.
O como si fueran simples comentarios.

Pero cuando vienen de una madre, esas palabras pueden convertirse en una voz interior que acompaña durante décadas.


Cuando la madre no protege

Otra herida profunda aparece cuando la madre no protege a su hija cuando debería hacerlo.

Hay hijas que cuentan algo grave:
una agresión, una relación violenta, un abuso.

Y lo que reciben no es apoyo.

Reciben frases como:

“Seguro que lo pusiste nervioso.”
“No exageres.”
“Mejor no hagas un drama.”

Para una hija, esa experiencia puede ser devastadora.

No solo duele lo que ocurrió.
Duele descubrir que la persona que debería estar de tu lado no lo está.


Cuando una hija tiene que cargar con secretos que no le corresponden

En algunas familias ocurre otra forma de desprotección más silenciosa.

La madre comparte con su hija historias muy graves sobre su propia vida o sobre la relación con el padre.

Cosas que una menor no debería tener que sostener.

A veces aparecen frases como:

“Tu padre me hizo mucho daño.”
“Pasaron cosas que nunca conté para no hacer daño.”

El problema no es solo lo que se cuenta.

Es el lugar en el que queda la hija.

Un lugar imposible:
tener que escuchar, sostener y procesar algo para lo que aún no tiene edad ni recursos emocionales.

La hija deja de ser hija y pasa a ser confidente, cuidadora o sostén emocional de la madre.


El caos emocional también deja huella

En algunas familias el clima emocional es imprevisible.

Cambios bruscos de ánimo.
Conflictos constantes.
Crisis que parecen repetirse una y otra vez.

A veces los hijos acaban aprendiendo algo demasiado pronto:

que su papel es calmar, sostener o cuidar emocionalmente a la madre.

Y eso puede generar una sensación muy profunda de responsabilidad.

Como si el bienestar de la familia dependiera de ellos.


Las huellas en la vida adulta

Muchas personas que crecieron en este tipo de dinámicas llegan a terapia con preguntas que no siempre saben de dónde vienen.

Preguntas como:

¿Por qué me siento culpable cuando pongo límites?
¿Por qué me cuesta tanto confiar en mis decisiones?
¿Por qué siento que tengo que hacerme cargo de todo?

Cuando uno empieza a mirar su historia con calma, muchas piezas empiezan a encajar.

No se trata de buscar culpables.

Se trata de entender qué tuvo que aprender uno para sobrevivir en ese contexto.


Comprender para poder cambiar

Entender de dónde vienen ciertas heridas no es quedarse atrapado en el pasado.

Es algo mucho más importante.

Es empezar a mirarse con menos culpa.

Y abrir la posibilidad de construir relaciones donde el cuidado, el respeto y la protección no sean algo incierto.

Sino algo que pueda sostenerse de verdad.


Si me necesitas, silba.
💜♥️💜