Hay palabras para casi todas las pérdidas porque la humanidad ha podido simbolizarlas:
quien pierde a su pareja → viudo / viuda
quien pierde a sus padres → huérfano / huérfana
Pero quien pierde a un hijo no tiene nombre.
Y os aseguro que no es un descuido del lenguaje.
Es porque es una pérdida que rompe el orden simbólico de la vida:
no debería pasar,
no entra en la secuencia esperable,
descoloca todo.
No hay palabra porque
no hay categoría,
no hay marco,
no hay manera de meterlo en algo que no sea lo innombrable.
Desde la psicología —y desde lo profundamente humano— se dice a menudo esto:
lo que no tiene nombre es lo que no puede ser integrado del todo.
Por eso duele así.
Por eso deja sin aire.
Por eso no hay consuelo que encaje.
A veces, en mi vida —conectando con la mía o con la de otras personas— me pregunto, como ahora, si seré capaz de perdonar lo ocurrido.
Si quienes amo serán capaces, algún día, de transformar ese pensamiento tan brutal de “me han quitado a mi hijo” en otra cosa que duela un poco menos.
Me hago mil preguntas que no tienen respuesta.
Ayer escuché a alguien llorar y decir:
“¿Por qué a ella?”
Refiriéndose a Silvia.
Y pensé en eso.
En las miles de preguntas que nos hacemos cuando el dolor es tan grande que no cabe en ningún sitio.
Cada día miro al mar.
Y me pregunto si algún día podré volver a mirarlo como antes.
Porque ahora, cuando lo miro, siento dolor.
Y enfado.
Pienso en las olas.
En cómo me hicieron reír de niña —y no tan niña—.
Y en cómo se han llevado vidas de forma injusta y cruel.
Antes amaba al mar.
Ahora me duele.
Antes soñaba con ir Bali y sonreía.
Ahora oigo Bali, o Indonesia,
y siento cómo el corazón se me acelera demasiado.
Ayer sentí que tanto sufrimiento junto me hacía pequeña.
El cuerpo no me alcanzaba para sostener nada.
Ni lo que estaba pasando.
Ni a mí misma.
Sentía que no podía ser verdad lo que estábamos viviendo.
Pero entonces escuchaba un llanto,
o la voz entrecortada del cura,
y pensaba:
joder, ha pasado.
Ha pasado y no hay retorno.
Estoy enfadada con las narrativas que intentan darle sentido a lo que no lo tiene.
Con las explicaciones que buscan consolar
cuando lo único que hacen, desde mi punto de vista, claro, es doler más.
Porque hay pérdidas que no admiten relato.
Porque hay dolores que no necesitan ser entendidos,
sino respetados.
Y porque hay límites que no deberían cruzarse nunca.
Los niños no se tocan.
Este es el último texto que escribo desde aquí,
con todo mi amor, mi respeto y mi dolor.
Y lo escribo pensando, sobre todo, en Silvia y en Mateo.
Pienso mucho en ti, Silvia.
Sé que tu centro era Mateo,
y quizás encuentres la forma de que lo siga siendo.
Ojalá eso te dé, algún día,
un poco de la fuerza que sé que ahora no tienes
para —en la medida de lo que puedas—
seguir caminando por la vida.
Quizás no sea pisando fuerte, como antes.
Quizás no sea pudiendo con todo, como antes.
Y estará bien, Silvia.
De verdad.
Todo lo que hagas,
y cómo lo hagas,
estará bien.
Vamos a estar para lo que quieras,
donde quieras,
como quieras
y cuando quieras.
Pienso en Javier, apenas ayer capaz de mantenerse en pie.
Pienso en Andrea y en la fuerza inmensa que va a tener que sacar —no sé de dónde— para seguir por sus otros hijos.
Pienso en Mar, tan pequeña, y en cómo va a sostener todo esto.
Pienso en Gonzalo, que no tendrá recuerdos de su padre por su corta edad.
Pienso mucho en Quique.
Mucho.
Que todavía no ha aparecido.
Y sigo pidiendo —a mi manera— que el mar lo traiga de vuelta.
Por favor.
Deseo con todo mi ser que el tiempo os ayude a sobrellevar el dolor.
Que si aparece el enfado, podáis transformarlo —sin prisa, y si queréis— en lo que necesitéis para que duela menos.
En momentos así, también pienso en todo lo que damos por hecho.
En cómo a veces llevamos la cuenta de quién hace más por quién.
En cómo nos enfadamos por expectativas que pesan más de lo que valen.
Y entonces todo se recoloca.
Lo importante no siempre se ve.
No hace ruido.
No se mide en gestos grandilocuentes.
Está en amar mucho,
pero sobre todo, en amar bien.
En respetarnos.
En soltar exigencias, reproches silenciosos,
ideas de cómo deberían ser las cosas.
Y en agradecer, con humildad,
todo lo que hoy sí tenemos
y que mañana —lo sabemos— podría no estar.
Y deseo que no nos olvidemos nunca de algo esencial:
nuestras vidas siguen,
pero para algunas personas el mundo se ha detenido para siempre.
Hay un dolor tan fuerte, tan injusto y tan brutal
que no tiene nombre.
Y quizá, por eso mismo,
lo más honesto sea no intentar llenarlo de palabras.
Saber callar.
Saber estar.
Y medir muy bien el impacto de lo que decimos.
A veces, no decir nada
también es amor.
Mi corazón
también se ha roto
de tanto temblar,
de tanto tambalearse.
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