Hay personas que llegan a terapia con una sensación difícil de explicar.
Ansiedad intensa, miedo que aparece sin un motivo claro, rechazo hacia determinadas personas sin saber exactamente por qué, o una sensación persistente de no estar del todo en el cuerpo.
A veces dicen cosas como:
“No recuerdo todo con claridad”
“No sé por qué reacciono así”
“Igual estoy exagerando”
Y, sin embargo, el cuerpo insiste.
Cuando no todo se recuerda con claridad
No todas las experiencias se almacenan en la memoria como un relato ordenado.
Cuando algo ha sido demasiado abrumador, demasiado temprano o demasiado solitario, el sistema nervioso puede optar por protegerse desconectando.
Esto puede expresarse de muchas formas:
- recuerdos fragmentados
- lagunas de memoria
- confusión temporal
- sensación de ir “en automático”
- dificultad para identificar emociones
- desconexión corporal o emocional
Esta respuesta, conocida como disociación, no es un fallo ni una exageración.
Es una estrategia de supervivencia.
Abuso sexual y trauma: lo que no siempre se puede contar
En muchos casos, estas respuestas aparecen en personas que han vivido abuso sexual, con frecuencia en el entorno familiar o cercano. Lo que se conoce como abuso intrafamiliar.
Cuando el abuso ocurre dentro de la familia, la experiencia no es solo corporal o emocional. Es también relacional. La persona queda atrapada en una red de lealtades, silencios y miedos que hacen que hablar no sea una opción segura.
A veces hay amenazas explícitas.
Otras veces no hace falta decir nada.
El mensaje se entiende igual:
“Si hablas, todo se rompe.”
“Si dices algo, la familia se va a ir a la mierda.”
“Si cuentas lo que pasa, nadie te va a creer.”
La culpa, el miedo y el silencio
En estos casos, la culpa no aparece por no recordar bien.
La culpa aparece por haber aguantado.
Por no haber podido hacer nada.
Por no haberse ido.
Por no haber hablado antes.
Pero esa culpa es injusta.
Cuando hay abuso sexual, especialmente intrafamiliar, no hay margen real de elección. Hay miedo. Hay dependencia. Hay una sensación profunda de peligro. El cuerpo entiende que sobrevivir pasa por callar, adaptarse o congelarse.
El silencio no es consentimiento.
Es protección.
Y ese miedo no desaparece cuando el abuso termina. Muchas veces se mantiene durante años, incluso cuando la persona ya es adulta. Hablar sigue sintiéndose peligroso. Contar lo ocurrido sigue activando vergüenza, temor a no ser creído o a ser responsabilizado.
Por qué es necesario un enfoque terapéutico holístico
Cuando el malestar tiene su origen en el trauma y el abuso sexual, trabajar solo desde la mente suele quedarse corto. No porque hablar no sirva, sino porque el cuerpo aprendió a sobrevivir en condiciones extremas.
Por eso es fundamental un enfoque terapéutico que tenga en cuenta:
- el cuerpo
- el sistema nervioso
- las emociones
- la historia relacional y familiar
- el ritmo y la seguridad de cada persona
Sanar no implica revivir ni forzar recuerdos.
Implica crear un espacio seguro donde el cuerpo pueda empezar a distinguir que el peligro ya no está, que ahora sí hay elección.
A veces la narrativa es suficiente.
Otras veces, para que el trauma se procese, es necesario trabajar a otros niveles, con técnicas específicas que respeten profundamente los tiempos de cada persona.
Un mensaje importante
No haber podido hacer nada no te hace responsable.
No haber hablado antes no te hace cómplice.
Y no recordar todo no invalida lo vivido.
El miedo fue real.
La amenaza fue real.
La adaptación fue una forma de supervivencia.
Y eso, acompañado, puede trabajarse.
«Si me necesitas, silba»
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