
En consulta aparece una idea con mucha frecuencia, aunque pocas veces se nombra así:
la culpa que surge cuando una persona empieza a poner límites sanos.
No es una culpa casual.
Es una culpa aprendida.
Muchas personas han crecido asociando el cuidado del vínculo con la renuncia personal. Han aprendido que adaptarse, comprender, aguantar o justificar es sinónimo de amar. Y que poner límites equivale a ser exigentes, difíciles o poco flexibles.
Desde ahí, cuando alguien empieza a decir “esto no”, “así no” o “esto me duele”, aparece una sensación incómoda:
la de estar pidiendo demasiado.
Pero poner límites sanos no es pedir más.
Es dejar de conformarse con menos de lo básico.
Límites sanos y perfeccionismo no son lo mismo
Clínicamente, conviene diferenciar dos cosas que a menudo se confunden:
• El perfeccionismo relacional, que busca relaciones sin conflicto, sin errores y sin fricciones.
• Los límites sanos, que establecen mínimos de respeto, cuidado y responsabilidad emocional.
Los límites sanos no buscan relaciones ideales.
Buscan relaciones habitables.
No exigen que el otro no falle.
Exigen que, cuando falle, pueda hacerse cargo.
Hablar con respeto.
No invalidar lo que el otro siente.
No negar lo evidente.
No justificar el daño únicamente con el carácter, el estrés o el trabajo.
El carácter explica comportamientos, pero no los justifica.
Y el cansancio puede contextualizar, pero no repara.
Responsabilidad emocional: el punto que más cuesta
Uno de los núcleos más difíciles en las relaciones adultas es la responsabilidad emocional.
Responsabilidad emocional no significa culpabilizarse por todo.
Significa poder decir:
• “Entiendo que esto te ha dolido.”
• “Aquí no estuve bien.”
• “Puedo revisar mi parte.”
Para muchas personas, este paso resulta especialmente amenazante, porque implica mirar aspectos propios que no encajan con la imagen que tienen de sí mismas. Es más fácil echar balones fuera, relativizar o reinterpretar la situación que sostener esa incomodidad.
Pero una relación no se cuida evitando el conflicto, sino atravesándolo con honestidad.
Los límites no son lujos
A veces se presenta el respeto, la coherencia o el cuidado como si fueran extras opcionales dentro de una relación. Como si pedirlos fuera sinónimo de tener expectativas irreales.
Y no.
Un lujo es algo prescindible.
Un mínimo es lo que sostiene.
Comer no es un lujo.
Dormir no es un lujo.
Ducharse no es un lujo.
Del mismo modo, hablarse bien, sentirse escuchadas emocionalmente, no ser desautorizadas emocionalmente o poder expresar malestar sin ser deslegitimadas no son privilegios.
Son la base.
Cuando alguien siente culpa por poner límites, muchas veces no está siendo exigente: está empezando a reconocerse.
La culpa como señal de cambio
Desde un punto de vista clínico, la culpa que aparece al poner límites suele indicar un movimiento importante: el paso de la adaptación automática a la autoescucha.
No es una culpa que diga “estás haciendo algo mal”.
Es una culpa que dice “estás saliendo del lugar que conocías”.
Aprender a poner límites sin culpa no es endurecerse.
Es asumir la responsabilidad de no traicionarse para sostener un vínculo.
Y una idea clave para cerrar:
los límites sanos no rompen relaciones sanas.
Lo que rompe los vínculos es la negación, la falta de reparación y la ausencia de cuidado.
Poner límites no es un acto contra el otro.
Es un acto a favor de la relación…
si la relación también está dispuesta a hacerse cargo.
Y cuando dejes de sentirte culpable por poner límites sanos, habrás hecho el verdadero cambio.
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