Vivimos en un mundo acelerado, hiperconectado y paradójicamente muy solo. Un mundo donde vamos rápido, donde casi nunca estamos del todo presentes y donde el silencio se ha vuelto incómodo. Funcionamos en piloto automático, saltando de una cosa a otra, con la sensación constante de que llegamos tarde o de que nos estamos perdiendo algo.
A esto se le llama FOMO (Fear Of Missing Out): el miedo a perdernos algo. Y aunque parece un concepto moderno, en realidad conecta con algo mucho más profundo: el miedo a parar y a quedarnos a solas con nosotros mismos.
Porque cuando paramos, cuando no hay ruido, cuando no hay planes ni estímulos constantes, aparece lo que llevamos dentro. Y no siempre sabemos estar ahí.
El semáforo siempre en rojo
Muchas personas viven con el sistema nervioso permanentemente activado, como si el semáforo interno estuviera siempre en rojo o en ámbar. En alerta. En hipervigilancia. Mirando hacia fuera todo el tiempo para no mirar hacia dentro.
No es casualidad. Muchas veces venimos de historias donde no fue seguro relajarse: relaciones con gritos, descalificaciones, tensión constante, abuso emocional, entornos imprevisibles. Aprendimos que bajar la guardia podía doler. Que estar tranquilos no era una opción.
Así, el cuerpo se acostumbra al ruido, al movimiento constante, a ir rápido. Y cuando por fin aparece el semáforo en verde —la calma, el silencio, la pausa— no sentimos alivio, sino incomodidad. Incluso ansiedad. Como si algo no encajara.
Tren bala o paseo en bicicleta
Vivir en constante alerta es como vivir en un tren bala: todo pasa rápido, sin tiempo para mirar, oler, sentir. Parece eficiente, pero nos roba la experiencia.
Bajar el ritmo es más parecido a dar un paseo tranquilo, sin prisa, respirando hondo, notando el cuerpo, estando en el aquí y ahora. Y eso, para muchas personas, no es fácil. Porque no estamos acostumbrados. Porque nadie nos enseñó que también ahí hay vida.
El miedo al silencio y a la soledad elegida
Hemos confundido la soledad con el abandono, y el silencio con el vacío. Pero no son lo mismo.
Hay una soledad que duele, sí. Pero también existe la soledad elegida, la que repara, la que ordena, la que nos devuelve a nuestro centro. El silencio que no es castigo, sino descanso.
Sin embargo, vivimos rodeadas de estímulos, pantallas, planes, ruido externo… como si el estar quietos fuera peligroso. Como si disfrutar de lo sencillo fuera sinónimo de estar “perdiéndonos algo”.
Y en esa carrera constante, lo que se nos escapa no es una experiencia más: se nos escapa la vida.
Vínculos que regulan, no que aceleran
No va solo de amistades. Va de personas. De vínculos.
De esas relaciones —de amistad, de pareja, familiares— que no exigen, no aprietan, no aceleran. Personas con las que el cuerpo puede relajarse. Donde no hay que demostrar nada, ni justificar quién eres, ni estar siempre disponible.
Eso es apego seguro: sentir que puedes ser tú, con tus días buenos y malos, con tu necesidad de silencio o de compañía, sin miedo a perder al otro por ello.
Cuando hemos vivido trauma relacional o abuso emocional, estos vínculos se vuelven aún más importantes. Porque ayudan a regular el sistema nervioso. Porque enseñan, poco a poco, que no todo vínculo duele.
Dejar de sobrevivir para empezar a vivir
Tal vez no necesitamos más planes, ni más estímulos, ni más ruido. Tal vez necesitamos menos miedo a parar.
Menos huir del silencio.
Menos vivir en piloto automático.
Más presencia.
Más aquí y ahora.
Porque, como decía El Principito, “lo esencial es invisible a los ojos”. Y casi siempre, lo esencial no está en lo que hacemos, sino en cómo estamos. En con quién. En si el cuerpo se siente a salvo.
Quizá vivir no sea correr más rápido, sino atrevernos a frenar. A sentarnos. A mirar. A sentir. A agradecer a las personas que están, sin ruido, sin exigencias, sin prisa.
A veces, estar es suficiente.
Y desde ahí, empezar —por fin— a vivir de verdad.
«Si me necesitas, silba» ;D
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