Hay algo que casi nunca aparece en las películas románticas ni en los discursos grandilocuentes sobre el amor, pero que en la práctica es lo que más sostiene las relaciones de pareja y los vínculos a largo plazo: el cariño.
El cariño no es intenso.
No es urgente.
No tiene fuegos artificiales.
Se parece más a una presencia tranquila que a una emoción desbordante. Y quizá por eso pasa desapercibido, porque no grita, no sacude y no genera euforia. Pero cuando falta, se nota. Mucho.
El cariño vive en los gestos pequeños y repetidos: en cómo alguien te habla cuando estás cansado, en cómo te mira cuando no estás especialmente brillante, en la forma en la que elige cuidarte cuando ya no hay nada que demostrar.
Porque amar no es solo sentir.
Amar también es cuidar.
Cariño, apego y seguridad emocional
El cariño tiene mucho que ver con la seguridad emocional y con la forma en la que aprendimos a vincularnos. Con sentirse importante sin tener que esforzarse constantemente, con saber que hay un lugar al que volver incluso cuando no estamos en nuestra mejor versión.
Cuando hay cariño, el vínculo se vuelve más estable. No porque no haya conflictos, sino porque hay una base que permite atravesarlos sin que todo se tambalee. El cariño amortigua, regula y sostiene.
Muchas personas confunden amor con intensidad.
Y cuando la intensidad baja —porque siempre baja— aparecen las dudas, el miedo o la sensación de que “algo se ha roto” en la relación.
A veces no se ha roto nada.
A veces lo que falta no es amor, sino cuidado.
Cuando el cariño se descuida
Con el paso del tiempo, el cansancio, las responsabilidades, el estrés o las heridas no resueltas, el cariño puede ir quedándose en segundo plano. No porque no exista, sino porque deja de ser prioritario.
Y entonces aparecen dinámicas conocidas: reproches, distancia, silencios largos, sensación de soledad incluso estando en pareja. No siempre porque falte amor, sino porque el vínculo ha dejado de sentirse seguro.
El cariño es lo que permite atravesar las etapas difíciles, los cambios vitales, el desgaste emocional o las crisis de pareja. No evita los conflictos, pero sí facilita la reparación. Hace que el otro deje de sentirse una amenaza y vuelva a ser un lugar posible.
Cuidar también es una elección
Con los años, una aprende que las relaciones no se sostienen por lo que se siente al principio, sino por cómo se cuidan cuando dejan de ser fáciles. Cuando ya no hay idealización, cuando el otro no encaja del todo con lo que imaginábamos, cuando aparecen las diferencias.
Ahí es donde el cariño se vuelve una elección consciente: prestar atención, cuidar el tono, respetar los tiempos, no dar por hecho al otro. Elegir seguir estando, incluso cuando no todo es cómodo.
Quizá el amor no se mide por la intensidad de lo que se siente,
sino por la constancia con la que se cuida el vínculo.
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