Cuando una pérdida ocurre de forma repentina, violenta o profundamente injusta, puede suceder que no consigamos asimilar lo que está ocurriendo.

En estos casos hablamos de duelo traumático.

No porque el dolor sea mayor que en otros duelos, sino porque irrumpe sin aviso, desborda nuestros recursos emocionales y deja al sistema nervioso sin capacidad de integración.

El mundo, tal y como lo conocíamos, se rompe.

En estas situaciones, respuestas como la negación y la disociación no son señales de debilidad ni de que algo funcione mal en nosotros.

Son, en muchos casos, formas de supervivencia. Maneras —imperfectas pero necesarias— de seguir respirando cuando el dolor es demasiado.

La negación como protección

La negación, en el contexto del trauma, no implica desconocer lo que está sucediendo. Podemos saber lo que ha ocurrido, incluso repetir los hechos, y aun así no lograr integrarlos emocionalmente.

La mente gana tiempo. Dosifica el impacto.

Es frecuente que aparezcan pensamientos como:
“Sé lo que ha pasado, pero no lo siento real”.
“Es como si mi cabeza lo supiera, pero mi cuerpo no”.

Esa distancia inicial no es falta de amor ni frialdad. Es defensa psíquica.

Es el organismo diciendo: lo siento, ahora mismo no puedo con todo.

Y el resto se queda.

La disociación en el duelo traumático

Cuando el impacto es demasiado intenso, aparece la disociación.

No como algo extraño o patológico, sino como una respuesta del sistema nervioso para protegernos del desbordamiento.

Puede aparecer de distintas formas:


Podemos sentirnos desconectados de nosotros mismos, funcionando en automático, como si nos observáramos desde fuera.

Nos cuesta reconocer lo que sentimos o incluso notar el propio cuerpo. A esto se le llama despersonalización.


En otros momentos, lo que se vuelve extraño es el entorno. Todo está ahí, pero se siente lejano, irreal, como si estuviéramos dentro de una película o de un sueño. Sabemos que es real, pero no lo sentimos como tal. Aquí hablamos de desrealización.

Estas experiencias suelen asustar mucho cuando no se entienden.

Sin embargo, en las fases iniciales del trauma, cumplen una función protectora: reducen la intensidad del dolor para permitir seguir adelante sin colapsar.

En este sentido, no sentir también es una forma de sentir.

Trauma y sistema nervioso

En el trauma, nuestro sistema nervioso prioriza la supervivencia frente a la elaboración emocional. El cuerpo se organiza para resistir.

Por eso, al inicio del duelo traumático, puede que no haya llanto, ni rabia, ni tristeza clara. Puede haber silencio, desconexión o incluso una calma que desconcierta.

Nada de esto indica que el duelo no esté ocurriendo.
Indica que está ocurriendo de la única forma posible en ese momento.

¿Cuándo pedir ayuda psicológica?

No existe una regla única, pero en el duelo traumático el acompañamiento psicológico suele ser recomendable desde fases tempranas.

No porque estemos “mal”, sino porque el dolor es demasiado grande para sostenerlo en soledad.

Puede ser buen momento para pedir ayuda cuando:
– sentimos que seguimos funcionando en automático durante mucho tiempo
– notamos desconexión persistente del cuerpo o de la realidad
– aparecen síntomas físicos intensos (insomnio, ansiedad, bloqueo)
– el dolor queda encapsulado y no encuentra cauce
– o, simplemente, necesitamos un espacio donde no tengamos que poder con todo

Acompañar el duelo traumático no consiste en forzar emociones ni en romper defensas. Consiste en respetar los tiempos del sistema nervioso, ofrecer presencia segura y permitir que la realidad vaya integrándose poco a poco, sin violencia.

Porque cuando el mundo se rompe así,
lo primero no es comprender.
Lo primero es sobrevivir.


Nuestro enfoque terapéutico

Desde la práctica clínica acompañamos el duelo traumático desde una convicción clara: no todo dolor puede sentirse de golpe, ni debería.

Forzar procesos, exigir comprensión o empujar a la emoción cuando el sistema aún está en shock puede hacer más daño que bien.

Trabajamos desde la escucha, desde el cuerpo y desde el respeto profundo a los tiempos internos. A veces, seguir respirando ya es un acto inmenso.

El espacio terapéutico no es un lugar para “estar bien”, sino un lugar para estar a salvo.

Hay dolores que no se resuelven. Se integran, lentamente, con presencia, sostén y mucha delicadeza.

Y nadie debería atravesar un duelo traumático en soledad.


Dedicatoria

Este texto está escrito desde el respeto más profundo
a quienes han visto su vida detenerse de forma abrupta,
a quienes han perdido más de lo imaginable,
a quienes sostienen un dolor que no cabe en palabras.

Está dedicado, con todo el cuidado posible,
Silvia
y a Mateo,

y a todas las vidas que se han apagado demasiado pronto,
y a quienes quedan, intentando seguir respirando
cuando la vida se detiene de golpe.